
Foto: Miss Black Butterfly, Flickr Creative Commons
El intercambio de mails con Paola -a raíz de la la terapia con Flores de Bach que estoy haciendo con su guía-, me hizo regresar a la noche de mi trabajo de parto. Esas diez horas en las que Layla y yo bailamos la danza del nacimiento, las diez horas más trascendentes de mis casi 40 años.
Mi amiga Alicia -presente durante el parto-, siempre recuerda: “Lau, lo transitaste estoicamente, ni te quejaste”. Y sí, no me quejé del dolor, no me moví…Me resulta difícil poner en palabras lo que vengo descubriendo por estos días, pero voy a esforzarme porque realmente necesito verlo con claridad.
Todo mi cuerpo estaba duro. Mis piernas, mi útero. Literalmente, no podía moverme, no sentía cambiar de posición. Mirta, la partera, me sugería movimientos, cambios, y yo trataba, pero de nuevo volvía a quedarme quieta, atravesando el dolor, abriéndome con fuerza y determinación, a los gritos, pero sin entregarme a la ternura, sin poder “soltarme”.
No podía hacer nada con el dolor, excepto quedarme quieta y pasarlo estoicamente. Solo al final, unos pujos antes del nacimiento, pude descomprimir mi pelvis: instintivamente empecé a moverla hacia adelante y hacia atrás, practicando la postura del gato de yoga. Sentía que mi energía fluía, se liberaba. Y enseguida nació Layla.
¿Qué me enseña todo esto? Que por muchos años -casi toda mi vida-, mi cuerpo no fue mío. Era de los que lo hicieron suyo, de los que se apoderaron de mí a través de golpes. Así yo crecí, odiando mi cuerpo. Yo misma lo maltraté y, sin que mediara una reconciliación formal, solo por instinto (o por mediación divina), lo empecé a cuidar, lo convertí en templo. Le di buena comida, buenas caricias, un amor.
Y esa noche no me falló: parí a Layla a pura voluntad y cuerpo sano.
Pero hasta del 7 de septiembre de 2007 mi cuerpo no era mío. De a poco lo voy recuperando. De a poco vuelve a mí y yo a él. Cuerpo sabio, amigo que me va a acompañar hasta el final, cuerpo más imperfecto que nunca, pero que me parece más bello que cuando tenía mis dulces 16.
Ahora, y recién ahora, puedo disfrutar de todo mi cuerpo, de una caricia, de un amor, de un baño en el agua tibia. Y no quedarme inmóvil, recibiendo lo que me dan, como la noche de mi trabajo de parto.
También espero que pronto pueda derretirme en los brazos del otro como no lo hice nunca. Mientras escribo esto, me acuerdo que esa noche, la del nacimiento, algo cambió: pude entregarme, primero a los brazos de Mirta. Brazos de madre y brazos de partera, la que ayuda a nacer, la que me ayudó a nacer. Y finalmente en los brazos de David, que me sostuvieron durante el último pujo.
No pierdo las esperanzas de sanar. Ay, qué bien que me hizo escribirlo…Buenas noches.
Recent Comments