Estamos leyendo con Layla Sleepy Places, sobre los lugares en los que duermen las diferentes criaturas que habitan el mundo. Hay ranas, abejas, pájaros, murciélagos, perros, osos, gatos y canguros. Todos los mamíferos, por supuesto, aparecen durmiendo pegados a la mamá. Ése es su lugar de pertenencia, ¿no? Su “sweet sleepy place” . Para los protagonistas de la historia, dos nenes chiquitos y un bebé, hay muchas opciones: camitas, cunas, chochecitos, camas improvisadas con cajas de cartón, frazadas y almohadones, peluches y mantitas que dan “seguridad”, hamacas…pero en las catorce páginas del libro no aparecen los brazos y el calor de los papás. Están los nenes solitos que al final, claro -mamíferos al fin-, duermen los tres abrazados, juntitos en la misma cama.
Así estamos. Ni aquí ni allá. La mudanza tiene su propio tiempo, que no empieza con el día ni termina con la noche. Estamos yéndonos pero todavía no empezamos a andar, a hacer el camino. No podemos empezar a enviar cosas porque las necesitamos hasta fines de junio (fecha para la mudanza), pero tampoco esta casa se siente como nuestro hogar “anymore”. Seattle empieza a desvanecerse. Ahora somos nosotros tres en nuestra nube de mudanza. Y el perro y la gata (que pronto será enviada a Argentina). Camino por la calle, voy al parque, tomo el bus, pero tengo la sensación de que siempre estoy en un decorado de Hollywood, todo me suena irreal.
Quiero que llegue el tiempo de irse. De decirle a Seattle “Au voir! See ya’!” Pero no quiero hacer lo que hay que hacer en el medio. Quiero no tener cosas, o al menos no sentirme apegada a ellas, para poder dejarlas atrás sin más. Algún día lo lograré.
Escena 1: David cierra la puerta de la casa con una sonrisa bonachona. Escena 2: Estamos todos en el auto y yo me acuerdo de que dejamos la pelota de Layla en el jardín. Voy a buscarla, y le doy un último vistazo a la casa. Close up de mi cara al sol. Escena 3: estamos en el aeropuerto, aburridos haciendo la fila para el chek in, cuando de pronto llega un grupo de tamboristas orientales (bien representativo de Seattle), y…….con los primeros “pum pum” todos en el aeropuerto empezamos a bailar la danza “tap” del final de la película Zatoichi. Yeah!
De paso les pregunto: ¿Cuál es su final de película favorito?
Pero voy a citar esta reflexión en la que me quedé pensando:
“No logro entender por qué la gente se enoja tanto con las personas que elegimos tener a nuestros hijos en casa…Y los que más se enojan, los que más asustados parecen con este “poderío” de las mujeres de elegir cómo y dónde parir, son los hombres…Se me ocurre que tal vez el problema sea el MIEDO A LA MUERTE. El nacimiento y la muerte están íntimamente ligados. Hasta tal punto es así, que en muchas culturas panteístas, la diosa o el dios de la muerte es el mismo que la diosa o el dios que trae la vida (en el libro “Mujeres que corren con los lobos” de Clarissa Pinkola Estés, se habla del tema).”
“Las contracciones se habían vuelto muy dolorosas, y Mirta le sugirió a Laura que podía atravesarlas con la respiración, haciendo un sonido de largas letras “O”. A veces, cuando las contracciones eran muy intensas, yo también hacía este sonido con ella, y nuestras voces juntas producían sonidos primordiales. Se me ocurrió que estos eran los sonidos de los que nuestra cultura siempre había tenido miedo. Quizás porque nos acercan a la vida y a la muerte, y porque son sonidos de vida y muerte -orgasmos, dolor, desesperación, placer verdadero-. En algún lugar del camino se nos enseña a mantenernos en silencio. Nos auto medicamos para no sentir tanto dolor…La gente nace y muere en los hospitales, lejos de su familia, de sus amigos, de la música que les es familiar y de sus olores.”
Vivimos en una cultura en la que casi se niega la muerte. Se la esconde, no se aprende de ella, no se la respeta. Personalmente, desde que nació Layla comencé a sentir a la muerte como algo que es parte de mí. Como mi sonrisa, como mis pecas, como la vida que di a luz. Ya no oculto la muerte, mi muerte, y ya no le tengo tanto miedo. Será porque, como dijo Leonor, para poder parir -en ese instante decisivo del último pujo-, hay que dejarse morir primero.
Vivimos rodeadeos de muerte: el día se muere en la noche, las flores se mueren en frutos.
Tal vez éste es el miedo del que hablaba Jose. El miedo a los secretos que atraviesan el canal de parto junto con los hijos. Ese secreto al que solo las mujeres podemos aproximarnos cuando podemos parir. El miedo a la muerte que conlleva la vida. El miedo a morir, el miedo a vivir. El miedo que las mujeres que parimos tenemos que atravesar sí o sí para que nazcan los hijos.
El nacimiento de Layla me hizo consciente del círculo de la vida: porque engendrar vida es también engendrar muerte.
La semana pasada conté nuestra experiencia con el uso de portabebés en el blog Mamás Koala, de mi amiga Martha.
Y mientras buscaba fotos para ilustrar el posteo, armé el álbum “Babywearing” ¡Aquí van algunas fotos de estos veinte meses sin cochecito! Veinte meses en brazos, piel con piel, en la espalda, y bien cerquita del corazón.
Primera vez en la baby sling, unas pocas horas después de llegar al mundo (Maya Wrap)
Llegada al aeropuerto de Trelew, noviembre de 2007
Pinguinera Punta Tombo, Patagonia Atlántica, noviembre de 2007
Parque Lezama, enfrente del departamento adonde nació Layla (Defensa al 1600), Buenos Aires, Argentina, diciembre de 2007
Cerca de Atlanta, Georgia, USA, donde creció su papá, diciembre de 2007
Lista para dormir una siesta. Seattle, febrero de 2008
A pasear con papá. Seattle, junio 2008
Explorando el bosque. Seattle, julio 2008
De paseo, agosto 2008
Siesta en la nieve a bordo del Ergo Baby, Seattle diciembre de 2008.
Siesta en La Push, Olympic Peninsula, Washington, febrero de 2009 (el papá le puso mal la capuchita del Ergo Baby, pobrecita Layla)
Volviendo a casa después de pasear (Layla cansadita), marzo 2009
Recent Comments