Mi amiguísima Any me regaló una remera estampada con la carita divina y mágica de Amelie. Y dice la leyenda que era la única remera de su tipo que quedaba en toda Mar del Plata, y que Any tuvo que recorrer la ciudad entera para conseguirla.
Hoy me la estrené. Y algunas cosas mágicas me pasaron en el camino:
-Me reencontré con una bella mamá embarazada a quien había conocido diez días atrás en la cola del supermercado. Esa tarde fui duramente reprendida por mis compañeros de fila por no haber dejado pasar a una embarazada. “Ay, no me di cuenta, ni te vi, mil disculpas” (fue el mismo día que andaba boleada, que me olvidé la tarjeta en el cajero y tropecé con un viejito ciego). “No te preocupes, todo bien”, me respondió a pura honestidad y sonrisa. “Hoy es mi fecha de parto”. “Bueno, mucha suerte, y hacete esperar y que tu bebé llegue cuando sea su hora, ¡ay, qué hermoso te queda ese vestido azul!”.
Hoy nos cruzamos de nuevo en la calle -”¿seguís embarazada?”-, y ahí nos quedamos conversando un largo rato. “Ya casi pasaron dos semanas desde mi fecha de parto”. “¿Y tu obstetra?”. “Me espera, me quiso hacer un tacto hoy y le dije que no, me insistió y le volví a decir que no”. Me contó que su parto anterior fue casi en la semana 43, sin goteo, sin intervenciones, sin episiotomía, y que el papá cortó el cordón umbilical cuando dejó de latir. Eso sin haber escuchado una palabra del parto respetado. De puro instinto nomás, y gracias a una obstetra que la escuchó (“porque nunca fui prepotente pero sí le dije lo que necesitaba, y ella me entendió”).
Nos despedimos con un abrazo panza de por medio, las dos medio emocionadas, diciéndonos cosas lindas, y esperando que su segundo hijo llegue al mundo con el cambio de luna “como pasó la vez anterior”. Linda Mamá S. vestida de azul, tan iluminada y verdadera y conectada con tu cuerpo y tus sentires: que tu hijo llegue cuando los dos estén listos, en el momento perfecto, que los miedos sean vencidos y que sean muy pero muy felices.
Lo que sigue es una listita de detalles que me hicieron volver a casa sonriendo como la mismísima Amelie: el bicicletero que me arregló la bici gratis; el colectivero que anduvo despacito detrás mío por tres cuadras para no pasarme (caballero al volante); y la mujer con la que nos detuvimos al mismo tiempo en la bicisenda -árbol de por medio- para dejarnos pasar mutuamente (damas al manubrio).
Al llegar al barrio me encontré con Layla y David que volvían de trabajar en el terreno como todas las tardes, los dos con cara de contentos (qué alivio). Ella con jeans y vestido, el pelo peinado con dos colitas y moños, y la cara embadurnada de barro y dulce de leche…
Y colorín colorado, este cuento se ha terminado.

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