Como me pasó con el nacimiento de Layla, de nuevo son las voces hermanas las que me ayudan a reconstruir lo que pasó.
“Ahora podés ver ese algo de fatalidad que veías en sueños. Yo creo que lo trasmitiste de varias maneras. A mí me llegó, leve, pero íntimamente sabía que algo en vos era, no sé, “diferente” ¿Te acordás que cuando concebiste te pusiste a llorar?”.
Y no, no me acordaba. Ahora vuelve la memoria, y me acuerdo también de que dije “la vida es corta” la noche de la concepción. Y una semana después nombré a Vidita. Vidita, una vida chiquita.
“¿Y sabés que? entiendo que a pesar de la tristeza por lo que no puso ser, te sientas aliviada, aliviada de tener la confirmación de que ese “no encontrarlo” tenía una explicación, y que pudiste vivir y transitar, aunque fueran siete semanas, una nueva maternidad de la cual aprendiste cosas nuevas”.
Gracias, Amiga de los Alpes.

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