Dulces trece años

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Trece años cumplió Japhy en junio. Y trece fueron los hombres que se reunieron un mes después para darle la bienvenida al mundo de la hombría y la vida adulta. Fue en una ceremonia de la que las mujeres estuvimos excluídas. Hubo tambores y un sweat lodge -un ritual indígena de purificación a través de aire húmedo y caliente en un espacio cerrado-. Cada hombre le dio un regalo a Japhy, y cada hombre le transmitió un don.

David le pasó un “ala”: una pluma atada a un palo que se estaca en el piso. La pluma se mueve con el viento mientras el palo permanece firme en la tierra. David la había recibido en México de las manos de un indio huichol. La pluma simboliza el despegue, el viaje y la libertad. El palo simboliza las raíces, el lugar del que venimos, la madre que nos parió al mundo, y que generosamente nos dejó ir. “Para que nunca pierdas de vista quién sos ni de dónde venís, aunque estés volando muy lejos”.

La fiesta que siguió a la ceremonia terminó muy tarde, con toda la “tribu” del Campo Irie alrededor del fuego. Layla se durmió en mi regazo, y yo me concentré en las caras anaranjadas, la música de las guitarras y los tambores, y especialmente en la voz de Will (qué lindo canta). Will empezó a tocar “Forever Young”, de Bob Dylan. Sentí que me secaba, noté mis arrugas, mis miles de años en el mundo. Sentí que el tiempo había pasado rapidísimo desde que me enamoré por primera vez. Sentí que no había hecho nada, y que lo había hecho todo. Miré los ojos de dos adolescentes perdidos en el fuego ¿En qué estarían pensando? ¿Qué sería para ellos ser “forever young”?

No soy de sentir nostalgia por el pasado. Casi nunca vuelvo y cuando lo hago es para revisar los malos recuerdos, como si necesitara reafirmarme que todo tiempo por pasado fue peor. Pero esa noche, bajo la influencia de la transición de Japhy, me permití volver a mis sueños dorados, visitar a mis amores, a mis amigas de entonces, al olor de las calles de Quilmes después de la lluvia…Me permití envidiar a los adolescentes por este viaje que comienzan. Y antes de ponerme demasiado oscura, me acordé de que yo también estaba viajando. Y que la vida pasa rápido, sí, pero que no se escapa. Al menos a mí no se me escapa más.

Will siguió cantando el himno de Dylan. Y a mí se me piantó un lagrimón.

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Agua

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David y Layla a orillas del James Creek

Román y Justine viven sin agua corriente por elección. Viven off-grid, generan su propia energía, y no dependen de los servicios públicos. Tienen paneles solares para la electricidad, y usan un tanque de gas para cocinar. Compostan los residuos orgánicos (incluyendo los deshechos del cuerpo), y una vez cada tanto llevan los otros residuos al basural o al centro de reciclaje.

Para nosotros (bueno, más para mí) era un desafío pasar un mes sin agua corriente. Creo que la única vez que lo hice fue cuando David y yo acampamos en la costa de Baja California, México, al lado del mar, por casi un mes -duchándonos aquí y allá cuando estábamos requete salados, y tomando agua potable, pero sin agua corriente-.

Pero nos las arreglamos muy bien, con la ayuda de estos tres recursos: una ducha solar de cinco galones (algo así como 20 litros); el agua purísima de un manantial en Ward, cerquita del Campo Irie (en el que diariamente se abastecen Román y Justine para cocinar, lavar los platos y demás); y el río James Creek, nuestro lugarcito especial de Colorado.

…………….

Todas las mañanas llenábamos la ducha con el agua del manantial y la poníamos en el sol durante el día. A la tardecita, la temperatura del agua era ya confortable. Sin embargo, yo prefería ducharme a la mañana, con el agua casi helada, bajo el sol fuerte de las Rockies. Y secarme en el sol, tomando mate, y aplicándonos a Layla y a mí aceites y lociones para resistir la sequedad del verano.

Nuestro camper tenía un tanque de agua, que usábamos para lavar los platos, y muchas veces yo calentaba agua en una olla grande, y en la pileta de la cocinita la bañaba a Layla, el agua perfumada por unas gotitas de aceite escencia del rosa.

Otra opción era tomar un baño en las aguas bajas, y también heladas, del James Creek, que solía ser “nuestro” lugar secreto para nadar y tomar sol desnudos, pero que en los últimos años se ha convetido en el lugar secreto de muchos otros más.

Yo, como ya estarán pensando, tengo un oso polar bajo mi piel humana, así que pasaba mucho tiempo chapuceando, disfrutando del nuevo despertar a la vida que te regala la inmersión en agua fría. A Layla le tomó unos días, pero al final ya se metía hasta la cintura.

…………….

Hay ciertas reglas que seguir para entrar al arroyo. Para empezar, una ni se remoja los pies en el James Creek si no hay sol. Y segundo, nunca te metés de lleno.

Primero pasás unos minutos con el agua hasta las rodillas, tiritando, hasta que te acostumbrás al frío. Después te sentás y de nuevo dejás pasar el tiempo necesario para aclimatarte. Temblequeás un poco y cuando ya no sentís nada, ¡llega el gran momento de sumergirse! A diferencia de otros aspectos de la vida, siempre es como la primera vez.

Yo me tapo la nariz y me recuesto en la arena. Cuando el agua me tapa el pecho siento que voy a tener un ataque cardíaco, pero en segundos mi corazón está más fuerte que nunca y yo, rebautizada. Cuando salís de nuevo a la superficie, el sol generoso de las Rockies está esperándote con su calor, y… ¡Colorín, Colorado, estás lista para empezar todo de nuevo hasta que se ponga el sol!

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El oso

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Foto: NDomer73 (Flickr Creative Commons)

“No te asustes -me advirtió David-, pero hay un oso que anda visitando el Campo Irie. Solamente tenemos que ser muy cuidadosos con la comida, y nunca dejarla afuera. Por lo demás, el camper es precioso y está ubicado en una pradera con flores, te va a encantar”.

No había pasado ni una semana desde nuestra llegada, cuando un mediodía se acercó Will con una lanza (sí, con una lanza, no hice preguntas): “El oso está cerca, lo escuché y los perros se volvieron locos”. Agarré a Layla, provisiones, cerramos el camper con candado, y nos instalamos con los perros alrededor del círculo en el que todas las noches hacíamos el fuego. Todos juntos. Esperando al oso.

(Nos vino bien este tiempito a los tres. Will y yo nos pusimos al día, después de dos años de no vernos, y Layla disfrutó de ese “solo time” con Tío Willy, en el que pudieron conocerse más y entrar en confianza).

Entre charla y mate con Will y Justine -que ya había vuelto a casa-, lo vi ¡Un oso! ¡Por primera vez! Se movía entre los pinos, en dirección al compost. No pude gritar (como se recomienda, para asustarlo), sino que susurré casi sin aire: “Chicos, el oso”, mis ojos bien abiertos y ya medio húmedos. Todos nos movimos en ralenti y nos dirigimos hacia el oso. Una vez que se aseguró que todos habíamos visto, Justine empezó a hacer ruido con las palmas, a gritar, y llamó a los perros -que dormían la siesta y no habían notado a este oso silencioso-.

El oso se fue, pero Will y yo habíamos visto un oso, por primera vez. Un oso joven, de no más de dos años, según estimó Justine. Pero nuestro amigo volvería, al menos cuatro veces más.

……………..

La siguiente vez que lo vi fue casi un secreto. Estábamos solas con Layla afuera, los perros adentro porque estaba lloviendo, pero Layla tenía que ir al baño. Me di vuelta y ahí estaba, a unos 10 metros, mirándonos. Me quedé fascinada -sensación a la que nunca hay que ceder-, y le dije a Layla: “Hija, un oso”. Después sí, grité con poca convicción, y les avisé a Román y Justine que lo ahuyentaron con más pericia que yo.

……………..

Al día siguiente, los hombres del grupo se preparaban para acampar por una noche cerca de Campo Irie. Estaban todos afuera, ocupados cargando las mochilas y la camioneta, cuando David vio al mismo oso que bajaba de un árbol con la comida de Lola, la perra de Will, en las garras. De nuevo los gritos, de nuevo el oso que se fue corriendo en sus cuatro patas, y que desapareció sin soltar la comida.

……………..

La tercera vez fue Asia, la perra del Campo Irie, quien lo descubrió y coartó sus planes. Los otros perros la siguieron. El oso se había metido en nuestro camper. Con la precisión de un cirujano, había entrado y abierto la heladera. Había sacado un queso artesanal recién comprado, y había dejado en el camino las salchichas de soja y el tempeh -selección que hizo que todos mis amigos carnívoros se burlaran-. Hizo todo sin dejar rastros. Ni huellas, ni pelos, ni destrozos.

Todo el Campo se reunió para asustarlo. Tiramos piedras, hicimos ruidos, gritamos…Pero los perros nos decían que el oso seguía cerca. Estaban como locos, Julio especialmente, su orgullo dañado porque no había podido impedir que el oso entrara a nuestra casita. Layla les alcanzaba piedras a Japphy y a Kiran, los adolescentes del grupo, que estaban metidos de lleno en esta nueva misión. Yo (bien lejos del lugar en el que se suponía andaba el oso), hacía ruido con una cuchara de madera contra el metal del camper. Román y Will gritaban como enfurecidos para mostrarle al oso quién era el jefe en Campo Irie.

Esa noche vino Mike, un amigo y vecino que trabajó durante veinte años en el Chautauqua Park (Boulder), experto en expulsar a los osos negros que buscan comida de humanos (“habré echado a 50 osos”, nos aseguró). Nos dijo que lo mejor eran las pelotas de tenis, porque “no los lastiman”. El dueño de casa, Román, le respondió en su inglés de Nueva York (de raíces portorriqueñas e italianas): “I don’t give a sh..t! Voy a tirar piedras que es lo que tengo a mano”.

……………..

El oso negro americano (Ursus americanus) es la especie de osos más común de América del Norte. Se lo puede encontrar desde Alaska a México, y de la costa del Pacífico hasta la del Atlántico. En general, los encuentros entre humanos y osos negros no son peligrosos -no son osos que vayan a atacar, como los feroces Grizzly, extinguidos en Colorado-. Excepto que una se encuentre con una mamá osa y sus ositos. La famosa “mamá osa”…

De todas maneras, siempre hay que tratar de no provocar encuentros, y de ser muy cuidadosos con la comida y la basura (dejarlas en compartimentos cerrados), y si se está acampando, guardar la comida lejos de la carpa, y en lo posible colgada bien alto de un árbol. Cuando aparece un oso, hay que hacerse la fuerte y tratar de echarlo. El oso tiene que entender que no es bienvenido. Hay que hacer ruido, gritar, arrojarle pelotas de tennis (o piedras…), largarle los perros, ahuyentarlo.

Si las visitas son asiduas, como en este caso, hay que elaborar otras ideas, como ésta que una amiga le sugirió a Justine: llenar un globo con pimienta de Cayena, inflarlo, y untarlo con miel…Ya se imaginarán como funciona. O ahuyentarlo con los “chaski bum”.

……………..

La última visita del oso fue la peor. Habíamos pasado la noche en la casa de otros amigos. El Campo Irie se había quedado solo, sin perros ni humanos. Al día siguiente todos llegamos tarde. Demasiado tarde. David fue a llevar unas cosas al camper mientras yo me ocupaba de Layla, y volvió con la cara surcada: “El oso destruyó el camper”.

-¿Pero cómo? ¿Y el candado?
-No, nena, tenés que ir a ver, arrancó la puerta, con marco y todo.

A simple vista sí parecía que todo estaba destruído. Había comida por todas partes, granos de avena, miel, pelos del oso, y un líquido pegajoso que no supimos si era baba, orina o qué. Era un desastre. Sin embargo, después de pasar la aspiradora por una hora, vimos que aparte de la puerta y una de las alacenas, no había destrozos. Era suciedad, suciedad salvaje, suciedad ajena, suciedad de oso.

Esa misma noche abandonamos el camper, abatidos y medio asqueados por el olor agrio y húmedo. Justi y yo pasamos la mañana siguiente limpiando con alma y vida, desquitándonos el enojo por este atropello. El camper volvió a ser lo que era, pero sin puerta. Nunca más volvimos a dormir ahí.

……………..

Lo último que supimos era que el oso andaba visitando otras casas, comiendo lo que encontraba aquí y allá. A veces usando estrategias avanzadas para obtener la comida, y otras agarrando lo que algunos vecinos distraídos dejaban afuera, o en el tacho de basura abierto. Cuando uno vive en las montañas Rockies tiene que aprender a convivir con los animales salvajes. Tiene que aprender a cuidarse, pero también a cuidarlos. Dejar comida afuera, o dejar que un oso coma lo que encuentre sin ahuyentarlo para sacarle fotos -como hicieron algunos vecinos en las primeras visitas de este oso adolescente-, es un acto de irresponsabilidad.

Porque pronto llegará el invierno, y este oso no tendrá las herramientas para sobrevivir sin la “ayuda” de los humanos. Ya lo dice el dicho: A fed bear is a dead bear. Un oso alimentado, es un oso muerto.

La puerta del camper, antes y después.
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“Colores” haciendo pipí en el Rocky Mountain National Park…

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¡Fotos y videos de este viaje que ya se termina!

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Ya llegarán los relatos. Con tiempo, cuando se acabe este mes de pura vida que queremos disfrutar hasta el último minuto. Quién sabe cuando volveremos por estos pagos, ¿no?

Nos ha pasado de todo este mes:

-Nos reencontramos con amigos muy queridos. E hicimos nuevos amigos.
-Layla no para de descubrir: ciervos, galletitas dulces. Ayuda a encender el fuego y a mantenerlo vivo, se puso musculosa de tanto andar en las montañas, y se empezó a parecer a David (¡fíjense en las fotos sino!).
-En el Campo Irie aún estamos lidiando con un oso negro (de los más o menos inofensivos), que en su última visita destruyó nuestra “casita”, derribó la puerta, destrozó las alacenas y se comió nuestra comida (sí, como Ricitos de oro, pero al revés).
-David y yo tuvimos una conversación decisiva, de esas que terminan a la madrugada y que te hacen decir “ya nada será igual, las cartas están echadas, volver a empezar”, y esas cosas.
-Y la penita: una amiga que -en sus propias palabras-, decidió “quemar los puentes” de nuestra amistad…

Pero ya tendré tiempo de sobra en las tardes calurosas y húmedas de la Florida para contar. Mientras tanto, algunas imágenes. Para ver todas las fotos del viaje: click acá.

Teta en la hamaca
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Locura!
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Descansito en el camper
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Con los tíos Román y Justi
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Layla liderando la caminata
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Columbine es la flor del estado de Colorado
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Camino al desfile del 4 de Julio (Ward, Colorado)
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Tortolones
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Bosque encantado
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Baño “natural”
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Siesta en el camper
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Bellezas argentinas en las Rocky Mountains
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Layla, Colores y la casita de adobe de Román y Justi
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Reinas de las Rockies
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La mejor oficina del mundo
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Baño en las aguas heladas de James Creek
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Verde que te quiero verde
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La entrada del camper (antes de que el oso la derribara. La parte 2 vendrá en unos días)
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Comienzo del desfile del Día de la Independencia (4th of July) en Ward. La música es de J. Hendrix

Mesa Trail, Boulder
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Compartiendo un choclito con Paxton
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Atardecer en Campo Irie
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Caminata en el Rocky Mountain National Park
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Alces jugando en el agua (Rocky Mountain National Park)
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Tetoneando en el parque nacional
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En las alturas con Will en el parque
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Aguas termales Hot Sulfurs Springs
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“Soaking” en las aguas termales
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Alces hembras en el parque
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Volare…
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Armando la carpa
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Nuestro último viaje con este auto, “The Egg”, “El huevo”…chan chan!
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