Layla nació en casa, en el cuarto azul del departamento de la calle Defensa, el 7 de septiembre de 2007.
La partera fue Mirta Merino, la obstetra Claudia Alonso y el pediatra, Hugo Gluzman (ver datos de contacto al final del relato).
Además de David, estuvo presente mi amiga Alicia, que nos cuidó a todos y se fue a las cinco de la mañana, dejándonos el departamento limpio y los corazones llenos de agradecimiento.
6 de septiembre de 2007
A las dos de la tarde, mientras estaba sentada en el sillón, sentí un chorro de agua que salía de mí involuntariamente. Me paré y el chorro fue un chorrazo: como vaciar un bidón de agua directamente sobre el piso.
Había roto bolsa. El líquido salió con fuerza y determinación, fue abundante, claro e inodoro. Le grité a David “¡Amor, rompí bolsa!”

Primera foto
No dolió. Seguí caminando con mi bolsa rota, dejando charquitos aquí y allá como un perro. David me seguía con una toalla y el secador. Nos reíamos como locos, sin parar. Yo repetía “¡Amor, rompí bolsa, amooor, rompí boooolsaaa!”.
Con una toalla entre mis piernas llamé a Mirta, la partera. Ella me contó después que siempre iba a recordar esa llamada por la euforia con la que le anuncié: “¡Mir, rompí bolsa!”.
Me preguntó si tenía molestias, y le dije que sí, que eran “como de menstruación”.
-¿Son permanentes o vienen y se van?
-Vienen y se van.
-Entonces son contracciones.
Yo me pregunté si todo el trabajo de parto sería así de fácil…
Esa mañana me había levantado radiante, me veía luminosa y le pedí a David que me sacara unas fotos. Fueron las últimas de la panza. También me había despertado con una leve dolor en la parte baja de la espalda.
La partera me pidió que me recostara hasta que ella pudiera venir a verme. Así lo hice, y aproveché para avisarle a Alicia que fuera terminando su día y acercándose al departamento. Mientras esperaba la llegada de Mirta fui al baño, y salió mas líquido.
A partir de aquí no voy a hablar de horas, porque perdí la noción del tiempo hasta que alguien preguntó “¿a que hora nació?”, y otro respondió “a las 12.42″.
Vino Mirta. Llegó cargada con el banquito de parto, su maletín y todo lo necesario para…¡para un parto! Ahí tome conciencia de que EL momento había llegado, y me atravesó un rayo de miedo.
Me revisó y comprobó que había roto bolsa. Dijo que la cabeza de Layla estaba encajada -al parecer, es riesgoso cuando se rompe la bolsa pero la cabeza del bebe no está encajada-, y que tenía uno y medio de dilatación.
Dijo que podía levantarme (¡menos mal! ¡no aguantaba estar en la cama!), comer y bailar y hacer lo que quisiera con mi cuerpo. Ella volvió a su consultorio (a diez cuadras del departamento) para ducharse y descansar, y dijo que regresaría más tarde, ya para quedarse. Estimó que Layla nacería esa misma noche. WOW.
Antes de irse nos explicó como contar las contracciones (teníamos que empezar cuando fueran regulares), y nos dió otras indicaciones que no registré porque estaba flotando. Por suerte, David anotó todo con meticulosidad y salió a hacer las últimas compras.
Teníamos el departamento lleno de comida y bebidas, y Alicia traería más, pero necesitábamos un antibiótico para que yo tomara en forma preventiva, ya que no había tenido tiempo de hacerme el examen para detectar el Estreptococo B. Mirta se encargó de avisarle a Claudia, la obstetra, y de hablar con el pediatra que recibiría a Layla.
Yo me quedé sola, hice más llamados, envié mensajes de texto y hasta tuve un chat con mi amiga Inés de Boulder, Colorado, quien se quedó estupefacta cuando a su pregunta de “¿como andás?” le conteste “bien, acabo de romper bolsa”. No podía estar quieta, así que repasé los pisos, y dispuse todos los insumos para el parto en uno de los cuartos. Estaba súper eufórica, más que nunca en mi vida.
Revisé que no faltara nada y que todo estuviese bien a la vista. Semanas antes, Mirta nos había dado una lista con todo lo necesario para el parto en casa. Por supuesto, teníamos un tubo de oxígeno para recién nacidos -aunque el hombre que nos lo alquiló dijo que en todos esos años nunca lo nadie lo había tenido que usar-. Acaricié una vez más la ropita de Layla…Era emocionante y tierno presentir a mi hija.
Seguía eufórica, pero las sensaciones del cuerpo estaban cambiando. Las contracciones eran más fuertes (empezaba la parte “sórdida” del trabajo de parto, como la definió una compañera de los encuentros pre parto). Eran fuertes hasta el punto de que tenía que parar de hacer lo que estaba haciendo (barriendo, acomodando) y respirar hondo. Pero podía seguir después. Las contracciones no eran tan intensas como para que el mundo y mi actividad se detuvieran por completo y yo entrara de lleno en Partolandia.
Puse un cd de Edith Piaf, que sonaría por un largo rato.Con la casa en orden, me bañé, me puse un camisón liviano y me senté en el sillón donde había roto bolsa.
Volvió David con una azalea de regalo. Nos abrazamos, seguimos riéndonos, los dos muy emocionados de pasar por esta nueva aventura juntos. Empezamos a contar las contracciones, que ya eran regulares. David escribió dos columnas en su cuaderno: duración e intervalo.
Contamos diez contracciones, cuya duración oscilo entre los 14 y los 45 segundos. Y sus intervalos entre el minuto y medio y los siete minutos. Así que de regularidad, nada. Llamamos a la partera y nos dijo “está bien, dejen de contar, y vos Lau dedicate a vivir las contracciones”. Creo que se asustó con tanta precisión. Seguro creyó que nos estábamos obsesionando con el reloj (y no, para nada).
Seguimos un rato charlando de cosas de la vida y sacamos fotos del atardecer de ese día tan especial. Había sido un día pesado, de cielo gris amarillento, esos típicos días porteños de atmósfera densa. El sol del atardecer fue naranja, redondo, estampado sobre un cielo lleno de futuro. Estaba tan cerca de tener a mi hija en brazos, ay ay ay.
Para relatar lo que sigue, tuve que recurrir a la memoria de David y de Alicia.
Dice David que de pronto yo le decía “Ay, ahí viene una contracción”, la pasaba con los ojos cerrados, con calma, respirando hondo, y al ratito “ya está, ya se está yendo, se fue”.
Las contracciones eran tal cual me las había explicado Mirta: como olas. Llegaban suaves, iban subiendo en intensidad, llegaban a su punto mas alto (hablo en términos de dolor), y lentamente disminuían en su intensidad, el dolor desaparecía por completo, y yo volvía a mí.
Así continuamos hasta que llegó Alicia, cargada de comida, y con el único diario del día que consiguió (Diario Popular). Ella dice que mi saludo fue: “Ay, Ali, ya duele”, pero me asegura que el tono no era de queja. Ya era de noche.
Alicia se sentó un rato conmigo, las dos escuchando una suave música para bebés de Putumayo. No sé de que charlábamos, pero creo que ella necesitaba moverse. Podía ver que trataba de disimular que estaba nerviosa, y eso me daba mucha ternura ¡La quise tanto ese día!
Al rato llegó Mirta, como siempre con una sonrisa. Alicia aprovechó para irse a la cocinita y empezar con los cuidados que nos prodigaría durante toda la noche.Guardó los sanguchitos de miga en la heladera, preparó mate y cortó los budines. Era como una abejita, moviéndose de aquí para allá en ese departamento chiquito.
La recibí a Mirta con un “ya sé que esto recién empieza Mir, pero duele mucho”. Me hizo un tacto que fue muy molesto.
-Laura Bernhein, esto no está recién empezando, esto está por terminar, ¡tenés siete de dilatación!
-¿Entonces puedo meterme en la bañera?
-Sí, ahora sí, antes de los cinco no es recomendable, porque puede retrasar la dilatación.
David y Alicia prendieron velas, Mirta llevo una lámpara de mano al baño, y llenamos la bañera con agua caliente. Comenzaba la parte más intensa y dolorosa del trabajo de parto.
Sin embargo, juro que yo me sentía en paz. Era un dolor que me transportaba a un lugar muy profundo de mi. Era un dolor que anunciaba vida.
Tenía náuseas y en un momento eché a la pobre Alicia de mi lado, le dije que su perfume me estaba provocando ganas de vomitar.
Desde la rotura de bolsa no había comido casi nada porque no tenía hambre, y casi no sentía sed tampoco.
Había entrado en otro mundo donde no había espacio para el hambre ni la sed. Un mundo que era enteramente presente, dolor y vida.
Mirta me sugirió que vocalizar me ayudaría a transitar el punto álgido de las contracciones, y así fue que comencé con mis “ooooooo”, que iban subiendo en volumen e intensidad hasta que se desvanecían con el final de la contracción.
Las contracciones eran regulares y más seguidas. Cuando pasaba el dolor me relajaba, y hasta hablaba con la gente (no recuerdo de qué).
Mirta me hacía masajes, me sostenía con un abrazo profundo, y también cuidaba a David, que no se movia de mi lado (“hay que cuidar al que cuida”, nos dijo “andá a comer algo, David”).
Yo estaba muy cansada y llegué a dormitar entre contracciones. Qué perfecto es el equilibrio hormonal durante el trabajo de parto, cuando no se lo acelera y se lo deja fluir.
El departamento estaba en penumbras, la única luz era la de la estufa eléctrica que habíamos encendido algunas horas antes, ya que había que mantener la casa lo más cálida posible para recibir a Layla.
Por esta misma razón, todas las ventanas estaban cerradas y yo -que sufro el calor generalmente-, sentí mucho pero mucho calor.
El cielo seguía pesado. Alicia dice que desde el noveno piso se veían relámpagos a lo lejos, sobre el Río de la Plata. Y enfrente el Parque Lezama, con sus hamacas vacías y los perros callejeros de siempre peleando por comida.
Lo que sigue después está desordenado y confuso. Sentí la urgencia de salir de la bañera. No estaba en este mundo. Mirta notó que el agua estaba ya enfriándose, y me preguntó si quería más agua caliente. Le respondí que la temperatura del agua no me molestaba -en realidad, ni sentía la temperatura, ni sentía el agua-, pero quería salir.
La primera parte del trabajo de parto había terminado, ya había dilatado completamente ¿Y ahora qué?
Llegaron la obstetra y el pediatra.
Claudia (obstetra), me abrazó con la suavidad y el calor de siempre. Se descalzó, se sentó en posición de loto, y cada vez que se movió lo hizo con la ligereza de un gato.
Al pediatra Hugo Gluzman, lo conocimos esa noche, porque el pediatra con el que habíamos acordado no estaba en Buenos Aires. Nos cayó bien enseguida, especialmente después de que nos hizo reir cuando nos contó que había tocado el timbre de todos los departamentos del piso noveno, porque no sabía cuál era el nuestro.
Los profesionales se quedaron en la cocina, en silencio, cuidándonos y respetando ese momento trascendental. Alicia les preparaba mate,comían budines, sanguchitos de miga, nueces y manís (todo esto me lo contó mi amigota).
Mientras, en otra parte del departamento, yo comenzaba a pujar.
No sé cuantas horas estuve pujando, ni cuantas veces le pregunté al doctor Gluzman si Layla estaba bien, ni por cuántos lugares me trasladé en mi camino de dar a luz. Estuve en el banquito de partos, en el sillón, en el piso. No podía estar parada ni mucho menos acostada.
Pujé abrazada a Mirta y de la mano de David. No sé cuan fuertes fueron los gritos que pegué ni qué grande el miedo que sentí de no poder parir a Layla y “terminar con esto”.
Finalmente, llegué al cuarto azul, a nuestro dormitorio. Nos dejaron solos a David y a mi. “No hay apuro”, me dijo Claudia, “tomate tu tiempo”. Pero yo sentía apuro, tenía que decidirme, todo dependía de mi.
Estaba asustada por primera vez desde que había empezado el trabajo de parto ¿Y si me rompía? ¿Y si mis pujos no tenían la fuerza suficiente para que naciera mi bebita? ¿Y si algo salía mal?
Estaba cansada y tenía hambre. Le pedí a David que me trajera algo de Layla, cualquier cosita. Me trajo un par de mediecitas rosas y las apretujé en mis manos mientras pujaba e invocaba la ayuda de mi hija: “¡Vamos Layla!”.
Mirta volvió al cuarto azul:
-Laura, ¿querés conocer a Layla?
-Sí.
-Entonces pujala, dale.
El doctor Gluzman me dio un consejo sabio: “Gordita, esa fuerza que pones en gritar -se senaló la garganta- ponela ahí abajo, para pujar”. Es que yo pujaba con la garganta, con un griterío infernal que su razón de ser habrá tenido seguramente.. Ahí empecé a hacer fueza como si estuviera yendo al baño. Me salió así y resultó.
Pujé panza arriba, panza abajo, pujé sola y con la ayuda amorosa de Mirta. Lo que me costó pujar a Layla, caramba!
Pujé con fuerza.
Toqué la cabecita de Layla, y oí las voces que me decían que siguiera pujando, que ellos también podían ver esa cabecita húmeda. La cabecita se metió de nuevo adentro, como si no estuviera del todo decidida a salir.
Mirta me dio otro consejo sabio: “Lau, mantené el pujo, no lo cortes”. Mantener el pujo, ésa era la clave. Y para eso se necesitaba coraje.
El doctor Gluzman le dijo a David: “Che, flaco ¿de que lado querés estar? ¿mirando como nace Layla o sosteniendo a Laura?”.
David me sostuvo entre sus brazos desde atrás. Pujé con todas mis fuerzas, fue un pujo largo, decidido, casi furioso. Grité. Sentí que iba a romperme, pero rota y todo sabía que Layla iba a nacer con ese bendito pujo. Mirta me tomó del brazo y gritó “¡parate!”. El aire era todo chispas.
No tuve ni tiempo de asustarme cuando, ya parada y con el otro pie sobre la cama, sentí caer el peso de esas diez horas, y enseguida oí la voz de nuestra partera: “¡Laura, agarrá a tu hija!”.
“mi hija”…
Y sí, lo de sentirse la persona más feliz del mundo es cierto. Estaba abrazando a Layla ¡había nacido mi hija!
Tenía sus veinte deditos y era del color de los arándanos. Nació llorando. “Algunos llegamos a este mundo protestando”, dijo alguien por ahí. Yo la consolaba y la llenaba de besos. Le hablaba como mamá por primera vez: “Hola mi amor, sos hermosa, bienvenida”.
David cortó el cordón umbilical una vez que dejó de latir. Layla estaba entre nosotros, ya me había manchado de meconio y se recuperaba del parto prendida vigorosamente a la teta. Era sana como una manzana.
David parecía una criatura sin edad, tenía la edad de la felicidad. Le cantamos a Layla el Cielito Lindo, con cuidado de no asustarla con el estribillo. Alicia sacaba las primeras fotos.
Alumbré la placenta, enterita, y le dije adiós al embarazo (como si fuera tan fácil…el largo adiós al embarazo se extendería por unas semanas más). Tuve un pequeño desgarro que Claudia suturó con tres puntos, mientras David y el pediatra se fueron unos minutos con Layla para pesarla.
Yo llamaba a los amigos y a la familia para contarles las buenas nuevas que había traído la madrugada “¿Cómo, ya te dieron el alta?”, “No, nació en casa”. Qué sorpresa…
Cuando volvió Layla, Alicia y mi hermana Gaby (que había venido una vez enterada del nacimiento de su sobrina), me sirvieron comida. Moría de hambre, tenía tanta que durante el trabajo de parto pensé que no iba a poder atender a Layla porque tenía que DEVORAR. No sabía -ilusa- que se podía comer con el bebé aúpa, y que así serían mis cenas por los próximos meses. Los sanguchitos de miga y los budines estaban muy ricos.
Tomé litros de agua y de mi “gatetorade” casero congelado en cubitos (agua, jugo de frutas, azúcar y sal). Layla seguía prendida a mi teta, con sus ojitos cerrados y los puños contraídos.
Claudia y Alicia limpiaron el departamento. Brindamos con champagne. Eran las cinco de la mañana creo cuando la última persona se fue. Yo me duché, mientras Layla estaba recostada sobre el pecho del papá. Nos dormimos los tres juntos, abrazados, nuestra familia recién nacida.
El reloj de la casa se había parado a las tres de la tarde. Alicia dice que fue porque nos visitó un ángel. Y nuestro tiempo también se detuvo, al menos por unos meses. Después, empezó a correr mas rápido que nunca.
Gracias a todos los que me acompañaron en el embarazo y el nacimiento de Layla. Amigos, familia, profesionales, chicas del grupo de preparto. Gracias amor, por acompañarnos siempre con pasión y paz. Gracias hija mía. Me perdí en vos, me encontré en vos, renací con vos.
Tus enseñanzas son interminables.
“Yo te amo tanto que no puedo despertarme sin amar” (Luis Alberto Spinetta)
¡A tu salud!
Partera Mirta Merino: naciendoalsurinfo@yahoo.com.ar
Pediatra Hugo Gluzman: hugogluzman@arnet.com.ar
Además: Nuestro camino a un parto respetado
Foto: el Dream Team (Alicia está detrás de la cámara)

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