Cuando recibí la última newsletter de Laura Gutman ,”En lugar de tribu hay sólo un padre”, me quedé estupefacta por la sincronicidad: estos días he andado rebuscando en los primeros tiempos de mi puerperio, y he visto que detrás de la leche y los pechos duros, de la sangre y de mis llantos, aparece claramente la figura de David, moviéndose como un utilero entre bambalinas. Perimitiéndome ser en toda mi plenitud puerperal.
Pasamos los primeros tres meses de Layla en nuestro nido alquilado de Buenos Aires. Veíamos a nuestros amigos, a la familia, y paseábamos por la ciudad como turistas. Laylita andaba siempre en la bandolera, David trabajaba desde casa, acomodando sus horarios de acuerdo a la situación, y yo me iba asentando a paso seguro en mi nuevo rol de madre.
David atendía a mis necesidades con la misma prontitud con la que yo respondía a las de Layla. Éramos como una orquesta, teníamos un ritmo. Si me veía dándole la teta a Layla, enseguida me traía un jugo de naranjas con mucho hielo y maníes…Gracias a él, yo tuve el espacio físico y emocional para desbordarme, enloquecer y finalmente reencontrarme con una cordura que (sí, lean bien) nunca antes había tenido en mi vida.
Fue un puerperio pleno y relajado, en el que convivieron la sombra y la alegría inclasificable que nos había traído Layla.
Fue David quien puso en palabras mis llantos desconsolados de la tardecita: “Llorás porque nunca amaste así, éste es un amor enorme que nunca antes ninguno de nosotros sintió”. Me desarmé en sus brazos. Moco, leche, lágrimas, alivio, más moco. El me sostenía mientras yo sostenía a Layla.
(Ahora le cuento sobre este momento y él me dice que no se acuerda…¿Habrá sido una alucinación o será David que no quiere el crédito?)
Llegamos a Seattle. David trabajaba todo el día fuera de casa. Era invierno, hacía frío, y llovía cinco de cada siete días. No conocíamos a nadie. Mi puerperio “hacia adentro” empezó a reducirse a algunos momentos de la semana, o del mes. Yo quería salir con mi hija a cuestas, lo necesitaba. Y entonces sí me encontré con que en lugar de tribu sólo había un padre. Fue duro. Empecé a exigirle a David que fuera mi madre, mi padre, mis hermanos, las mujeres que necesitaba a mi alrededor. Le pedía que fuera mi tribu, como lo había sido en Buenos Aires.
Empecé a escribir este blog.
David (de nuevo) me sugirió crear una red social, ver si podía encontrar una comunidad de madres que pensaran y sintieran como yo. Y la encontré, ¡vaya si la encontré! Gracias a las diosas que me acercaron a esas mujeres, a esas familias, ¡a esos críos que nunca vi y que ya quiero!
Sin embargo, en casa seguía habiendo “sólo un padre”. No pudimos armar una comunidad en Seattle. Han sido meses hermosos, en los que vimos como nuestra Layla-bebé se transformaba en esta niña preciosa de piernas fuertes y pelo enrulado. Han sido meses intensos y placenteros. Pero también tiempos de mucha soledad.
Anoche terminé de leer El concepto de el continuum-realmente revelador-, y finalmente comprendí mis sentimientos. Mi deseo de estar con Layla pero también de formar parte del mundo. Mi deseo de usar mis talentos adultos, pero no de dejar a mi hija al cuidado de otros. Esa necesidad de construir lazos con otras mujeres mientras los hijos exploran el mundo a nuestro alrededor.
Esa añoranza de lo que nunca existió para mí: la tribu. Ahora sé con todo mi cuerpo que la comunidad es lo que me es natural como individuo, como madre, y me siento aliviada, conozco la causa de ese dolor de miembro amputado.
La soledad y el aislamiento no son naturales. Pero es lo único que esta sociedad nos ofrece a las madres. Eso, o salir de casa todo el día y dejar a los hijos. Como hacen los hombres.
En ese contexto, entiendo la insatisfacción que a veces sentimos como pareja y padres. Entonces me digo y le digo a David: “Hacemos lo mejor que podemos en un contexto que no nos es natural ni propicio”.
¡Pero atención, que vamos por más! Queremos encontrarnos con nuestra tribu de carne y hueso, la olemos, sabemos que está cerca. Yo ya encontré a mi tribu virtual (y ME encontré en ella). La de madres con leche en los pechos y fuego en el corazón, las que “estamos como cencerros”, mis amigas de Familia Natural.
Con este deseo potente, me sumo a Laura Gutman: “Inventemos una red amorosa donde haya un lugar destacado para los niños. Ofrezcamos una sonrisa, un libro, un dato valioso a otras madres. Abramos nuestras casas, cocinemos algo delicioso, invitemos a otros adultos con niños a visitarnos. Si participamos en la construcción de una tribu moderna, dejaremos de culpar a nuestra pareja. Y aparecerá la virilidad que estábamos reclamando.” (Laura Gutman).
“En lugar de tribu hay sólo un padre (Laura Gutman)
Todas las madres con niños pequeños necesitamos sostén, acompañamiento, solidaridad, comprensión y resguardo de otros miembros de nuestra tribu. Pero claro, en el mundo occidental -especialmente en las grandes ciudades- nos hemos quedado sin tribu. Emprendemos la búsqueda solicitando apoyo y lo que encontramos más cerca es al señor que duerme en nuestra cama, que en la mayoría de los casos ha sido nombrado padre oficial del niño. Llamativamente suponemos entonces que toda la compañía, el cobijo, la ayuda, la disponibilidad y la empatía que una tribu entera nos hubiera prodigado, ahora debería provenir de una sola persona: el padre del niño. Tomemos en cuenta que una cosa es la inmensa necesidad de ser amparadas frente a la desesperación, la locura y las vivencias confusas que estamos experimentando desde el nacimiento de nuestros hijos, y otra es lo que un solo individuo puede ofrecer, reemplazando los roles de muchos.
Cuando no vislumbramos nuestra realidad en forma global, creemos que las cosas se solucionarían si el varón regresara más temprano a casa, si cambiara los pañales de vez en cuando o si ganara más dinero. Es tiempo de admitir que somos sólo dos personas -nada más que dos- y que tanto las madres como los padres estamos demasiado solos en la compleja tarea de acunar a nuestros hijos. Si la realidad es tan desventajosa, compartamos lo que nos pasa, conversemos y decidamos juntos a quiénes pedir ayuda. Inventemos una red amorosa donde haya un lugar destacado para los niños. Ofrezcamos una sonrisa, un libro, un dato valioso a otras madres. Abramos nuestras casas, cocinemos algo delicioso, invitemos a otros adultos con niños a visitarnos. Si participamos en la construcción de una tribu moderna, dejaremos de culpar a nuestra pareja. Y aparecerá la virilidad que estábamos reclamando.”



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