Frita Khaló

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Así es como Layla llama a la protagonista de uno de sus libros favoritos, “Frida”, la historia de Frida Khalo para niños de Jonah winter, con las brillantes ilustraciones de Ana Juan. “Frita” también aparece en otro de los libros de nuestro top ten, Calavera Abecedario, bajo la letra Ka y en versión esqueleto del Día de los Muertos. Layla ve la cabeza adornada de flores a lo Frida, y enseguida la reconoce como si fuera una amiga: “¡Frita Khaló!”. Esta semana voy a buscar un libro con fotos de sus obras.

Frida, niña por siempre, la que deseó hijos y amó la vida…¡Viva Frida! ¡Larga vida a la Frita Khaló!

Foto: Labambola (Flickr Creative Commons)
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La liberación del continuum

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Foto: Jurvetson (Flickr Creative Commons)

Hace un par de semanas terminé de leer “El concepto del continuum”, de Jean Liedloff, un estudio antropológico sobre los indios Yequana de la selva amazónica, que los padres occidentales hemos convertido en un verdadero manifiesto de la crianza natural. El libro me impactó porque pone en palabras mis intuiciones: la naturaleza es siempre la misma. Un bebé que nace en la “edad de piedra” entre los yequanas tiene impreso en su cuerpo el mismo continuum -la misma naturaleza- que un bebé que nace en un moderno hospital de Nueva York.

Mi amiga Agustina de Familia Natural (que escribe tan claro y con tanta pasión), lo explicó así:

“El continuum es la sucesión armónica, la transición gradual, el cambio lento.. De los brazos a la movilidad propia, del llanto al lenguaje, del espacio compartido al espacio propio, de seguidor a líder, la vida continuum es la vida que fluye, es la vida en la que las etapas se suceden naturalmente y en armonía, sin trauma ni violencia. En la cultura occidental Naturaleza y Vida no están en armonía, los pasajes son violentos, las transiciones son abruptas, los cambios son traumáticos. Es la ruptura del continuum, la negación de la naturaleza.”

Hemos estado debatiendo en el foro sobre el continuum, y me quedé pensando en cómo hacemos las madres para liberar ese continuum del que nosotras mismas hemos sido tan violentamente desgarradas. Ese continuum que nos permitirá ser las madres lobas con las que nuestros hijos esperan encontrarse. Seguramente haya que buscar el camino en las hormonas. Ni en el intelecto ni en las emociones, sino en las hormonas del embarazo, del nacimiento y de la lactancia. Sin esa liberación hormonal, el continuum tal vez se quede enterrado en lo más profundo de nosotras, estrujándonos las tripas hasta el final de los días.

Pienso en la manera en que vivimos los embarazos: con la sensación de un cuerpo deformado y no transformado. Con pesadez, con fastidio a veces, como una enfermedad en el peor de los casos, focalizadas en el cuerpo que va a quedar en lugar del que ES en todo su esplendor, o atiborrándonos de comida innecesaria. Mi amiga A. entra hoy en la semana 39 de su embarazo (si es que no está naciendo su bebé en casa). Nos vimos hace unos días en el parque para un picnic. Ella llegó caminando con paso y sonrisa firmes. Llevaba en la espalda, “a caballito”, a su hija de tres años, radiantes las dos. A. jugó con los chicos, se sentó en el piso con las piernas cruzadas y nos dejó ser parte de su brillo por unas horas. Con naturalidad, sin quejas, sin estruendos.

Luego, la manera predominante de nacer en nuestra época no hace más que quebrar -o confundir en el mejor de los casos-, el continuum. Cuando recibí a Layla en mis brazos, caliente y húmeda, las dos supimos qué hacer. No se violó el mandato natural. Exactamente como había sido durante el trabajo de parto. No pensé en dilatar, o en pujar, solo hice lo que mi cuerpo mi indicaba: seguir el continuum del nacimiento. Y la crianza se dio de la misma manera, después de haber parido en la intimida de mi casa, dejar a mi hija en un cuna, o en otro cuarto, me parecía realmente de ciencia ficción. Ninguna de las dos estaba confundida sobre lo que había que hacer.

De la lactancia no hay mucho que decir: el símbolo más contundente del flujo del continuum, de la energía vital, de la naturaleza.

Cada vez que tengo dudas en mi camino de madre (una o dos veces por día), cada vez que siento que estoy distanciándome del continuum, vuelvo a la noche del nacimiento, en la que hice lo que tenía que hacer, sin pensar, sin leer consejos en un libro, sin atender a los legados sociales o familiares.

La clave para entender el continuum es la contemplación de la naturaleza: el movimiento del sol, los ciclos de la luna, el paso de las estaciones, los cambios hormonales del cuerpo, son transformaciones no se pueden apurar ni detener. Suceden cuando es el tiempo perfecto para ello.

Cierro con más de Agus (¡gracias amiga!)

“Abrazar el continuum no es seguir la fórmula yequana, abrazar el continuum es reconocer que hay necesidades biológicas que son universales y anteriores a toda norma cultural o costumbre social, es entregarse al ritmo que marca la naturaleza y resistir el deseo de dirigir, es ponernos en manos del instinto, es dejar salir a nuestra naturaleza animal. La crianza continuum es la crianza que genera el ambiente propicio en el que la naturaleza se pueda expresar y desarrollar, es poner a la crianza al servicio de la naturaleza. Es tener al hijo en brazos hasta que gatee, es amamatar hasta que se destete, es cercanía hasta que se aleje, es dejar que los chicos crezcan y que la naturaleza fluya, sin forzarla, sin iterrumpirla. Si en cada etapa satisfacemos sus necesidades y los hacemos sentir seguros y satisfechos, están emocionalmente preparados para pasar tranquilamente a la etapa siguiente. Una mamá yequana amanta a su hijo mientras camina por la selva, yo lo hago en la intimidad de mi cuarto y a puertas cerradas; para un varón yequana el pasaje a la independencia es ir de caza con los adultos de la tribu, para mi hijo será ir por primera vez solo a la casa de su abuela. Circunstancias, medios y herramientas son distintas, la naturaleza humana es la misma.”

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¿Cuál es el “sleepy place” de los cachorros humanos?

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Estamos leyendo con Layla Sleepy Places, sobre los lugares en los que duermen las diferentes criaturas que habitan el mundo. Hay ranas, abejas, pájaros, murciélagos, perros, osos, gatos y canguros. Todos los mamíferos, por supuesto, aparecen durmiendo pegados a la mamá. Ése es su lugar de pertenencia, ¿no? Su “sweet sleepy place” . Para los protagonistas de la historia, dos nenes chiquitos y un bebé, hay muchas opciones: camitas, cunas, chochecitos, camas improvisadas con cajas de cartón, frazadas y almohadones, peluches y mantitas que dan “seguridad”, hamacas…pero en las catorce páginas del libro no aparecen los brazos y el calor de los papás. Están los nenes solitos que al final, claro -mamíferos al fin-, duermen los tres abrazados, juntitos en la misma cama.

FotoL Keith Marshall (Flickr Creative Commons)
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Para las porteñas: Firma de ejemplares del libro “El arte de partear en clave de Bach”

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Las parteras Mirta Merino -nuestra partera-, y Diana Rosenberg firmarán ejemplares de su libro “El arte de partear en clave de Bach” este jueves 7 de mayo, a las 19, en la Feria del Libro de Buenos Aires ¡Qué ganas de ir! ¡Qué suertudas estas porteñas! ¡Felicidades Mirta! ¡CHIN CHIN!

Aquí está la información de la gacetilla:

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La mejor defensa contra la violencia es la intuición

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Foto: Carf (Flickr Creative Commons)

La semana pasada terminé de leer el libro “Protecting the gift, Keeping Children and Teenagers Safe (and Parents Sane)”, de Gavin De Becker, un experto en seguridad y autor del best seller “The gift of fear” (“El regalo del miedo”). En este caso, focaliza su atención en la seguridad de nuestros hijos, y de los niños en general.

De Becker abarca casi todos los tópicos: cómo reconocer las señales del abuso sexual (de que va a ocurrir o de que está ocurriendo); cómo identificar a un depredador sexual; qué preguntarle a una potencial niñera o al personal del jardín de infantes; cuándo los hijos más grandes están preparados para estar solos en lugares públicos; y el último (y duro) capítulo está enteramente dedicado a la violencia familiar, algo que el autor conoce de cerca por haber sufrido por años los abusos de su madre drogadicta.

El libro me pareció interesantísimo, y lo devoré en tres noches. Me gustó porque el foco no son el pánico ni el miedo indiscriminado (a todo y a todos), sino la realidad, y la confianza en la intuición para detectar el peligro.

Porque ya sabemos que el mundo allá afuera es bravo, que hay depredadores sexuales, raptos y niñeras violentas. Pero vivir en pánico no es la mejor defensa. La única defensa posible es empezar a confiar en nuestra intuición.

Es la intuición la que nos permite discriminar. Esa vocecita adentro nuestro que nos susurra (y hasta nos grita) que algo no está bien. Esa vocecita que nos despierta ese miedo “irracional”, que justamente es el miedo al que debemos prestarle atención.

Esa vocecita a la que generalmente no le hacemos caso, porque siempre TENEMOS que racionalizar todo, aún el miedo.

El autor sostiene que las intuiciones en el caso de nuestros hijos son siempre acertadas por dos razones: están basadas en algo, aunque no sepamos qué, o lo neguemos, o nos duela aceptarlo (tenemos el instinto de defender a nuestra cría, nunca lo olvidemos). Y segundo: si le hacemos caso a nuestra intuición en relación a los niños, estaremos haciendo lo que creemos de corazón es mejor para ellos (aunque podamos equivocarnos alguna vez).

Todos podemos predecir el peligro. Piensen sino en cuántas veces sus intuiciones se vieron confirmadas. Recuerden las oportunidades en las que después de notar algo “extraño” (una sonrisa que se curvó lentamente, una mirada demasiado larga) decidieron caminar hacia otro lado. Tal vez no llegaron ni a reconocer qué era “lo extraño”, pero algo las alertó: su intuición.

Creo las mamás estamos híper conectadas con esta intuición ¿Cuántas veces nos hemos dicho “salió la mamá loba-osa-tigresa-leona que hay en mí”? No quiero perder este estado. Y es más: quiero transmitírselo a Layla ¿Cómo? Saliendo al mundo con ella, y animándola a interactuar con la gente, para que pueda ella solita desarrollar su propia intuición, y de a poco ir ejercitándola.

De Becker propone un ejercicio muy simple para hacer con los hijos:

-Incitar a los chicos a hablar con extraños en nuestra presencia. Pueden ser ellos los que ordenen la comida en un restaurante, por ejemplo, o si son más grandes podemos decirles que elijan a una persona para preguntarle la hora, o pedir indicaciones para llegar a un lugar. Y luego reforzar ese aprendizaje discutiendo los detalles de la comunicación: ¿Qué pensaste de ese hombre que se nos acercó demasiado para hablar? A mí no me gustó”; “Me sentí muy cómoda conversando con el hombre que estaba sentado en la mesa de al lado, ¿y vos?”.

El autor sostiene que los chicos que tienen una intuición desarrollada, y que saben comunicarse con la gente, tienen muchas menos probabilidades de ser víctima de un ataque violento porque, ante el peligro, intuyen en quién no pueden confiar, o saben a quién pedir ayuda. Porque el problema no son “los extraños”, sino “lo extraño”.

Por último, me gustaría citar al autor sobre la televisión encendida 24 horas al día:

“¿Querría alguien destruir el sentido de seguridad de la gente? Bueno, sí, hay un tremendo negocio allá afuera tratando de sacar provecho de esto: los canales de noticias…Mientras la mente humana es capaz de absorber todo tipo de experiencias y estímulos, demasiada información en poco tiempo puede aumentar en el niño su nivel de miedo a lo desconocido, hasta el punto de quitarle la posibilidad de desarrollar un sentido de seguridad en sí mismo y en el mundo.

Todos tenemos experiencias con calamidades en nuestras vidas, y esto es inevitable. Pero desde la era satelital, también experimentamos las calamidades en la vida de todo el mundo, y esto sí es evitable…Esta presentación del mundo como un lugar peligroso lleva a los niños y a los adultos a creer que no son lo suficientemente competentes para superar los desafíos de la vida, y esta creencia los lleva a no disfrutar plenamente de la vida…El sereno original nos cantaba “Son las once y todo está bien”, pero en la era de los medios nos vamos a dormir con un “Son las once, y dormir boca abajo causa la muerte de la cuna en los bebés”.

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