Vivimos a dos cuadras del lago Green Lake, que le dá nombre al barrio. Son calles tranquilas, de casas victorianas y veredas floridas.
Hay varios cafés y restaurantes, una heladería, gimnasios y estudios de yoga. Todo muy orientado a la clase media alta.
O “media aburrida”, parafreseando a Mafalda, que concluyó que a la clase media se la llamaba “clase media” porque era “media estúpida”.
Hay otros barrios más vibrantes, con negocios abiertos las veinticuatro horas, puestos de tacos mexicanos, y peluquerías latinas con pósters de cantantes.
Sin embargo, nuestro barrio tiene su vida.
El lago es uno de los centros veraniegos de Seattle. Se puede andar en bote y nadar con patos, gansos y tortugas.
También hay juegos para chicos, un teatro, cancha de golf, y cientos de metros de espacios verdes donde jugar al fútbol, practicar equilibrismo sobre una cuerda floja o, en el caso más modesto de nuestra familia con perro, hacer picnics, gatear y perseguir ardillas.
Una de las atracciones del verano en este gran espacio verde es la “wading pool”, una piletita poco profunda para chicos, que es limpiada varias veces al día y vaciada cada noche. Layla y yo vamos casi cada día, hacemos nuevos amigos, disfrutamos del agua, observamos a la multitud.
Claro que a veces hay escenas que una no quisiera ver, y que ocurren especialmente los fines de semana, cuando los que no son del barrio vienen a recrearse en el famoso Green Lake.
El domingo pasado vimos como dos hombres hacían una transacción de drogas, justito al lado nuestro. El dealer estaba con su mujer y sus hijos. Ella estaba embarazada y fumaba cigarrillos. Comían hot dogs con mostaza y ketchup.
Pero volvamos al lago verde, limpio y seguro que me gusta.
Hay un camino que bordea el lago. El camino tiene dos sendas: una para “ruedas” (ciclistas, patines, mono-patines), que deben andar siempre en el sentido de las agujas del reloj. La otra senda es para los caminantes y sus perros, para los chocecitos de bebés y los corredores.
Siempre pienso en los bebés que van en el cochecito mientras sus mamás y papás corren y transpiran. Imagino la rapidez con que ven pasar el mundo: las manchas blancas y amarillas de las margaritas, el perfume de las magnolias, el cuac cuac de los patos.
Me pregunto si esos paseos veloces en cochecito serán el origen de la rapidez con que se vive aquí. Fast food, snacks, café en tazas descartables para tomar mientras se maneja, bebidas energizantes en lugar de siesta, “4 de la tarde clases de danzas, 5 de la tarde clases de trombón, 6 cena, 6.30 lecturas, 7 a la cama”.
Durante los fines de semana hay demasiada gente en el Green Lake, y nuestra familia trata de apuntar para otro lado. Sin embargo, hoy es un domingo fresco, está nublado, y el camino alrededor del lago estaba casi vacío para esta época el año.
Me gustan estos días. Suenan distinto. En el invierno, cuando llueve todos los días, llevo un paraguas y con Layla cargada en mi Ergo Baby salimos a la aventura.
Damos la vuelta al lago, Layla generalmente se duerme, y terminamos nuestro paseo en el Café Chocolati. Yo me tomo un “chocolate estilo europeo con leche de soja”. El olor a chocolate ahí es tan intenso que Layla se despierta ni bien cruzamos la puerta.
Esta tarde nos encontramos con Heather y su hija Nora, diez días menor que Layla. Pasamos la tarde sobre el pasto, hablando de las chicas, dándoles la teta, e interviniendo con muchos “cuidado” “gentle“, para que no se tirasen del pelo ni se metieran los dedos en los ojos.
El cielo se puso negro, el viento mas frío, y las nenas, cansadas.
Layla se durmió en el camino de regreso, pegada a mi pecho, arrullada por el viento. Ahora continua la siesta en nuestra cama, al lado de David.
Y así se va el domingo. Y pienso que así también se va la vida. Y me pongo triste y me pregunto adonde nos iremos cuando todo esto termine.
Y me digo que vamos a ir a la cima del Mt. Rainier, la monta?a que se ve cuando desde todo Seattle cuando hay sol. Viviremos entre nubes, David, Layla y yo, juntos para siempre.
Y entonces me pongo contenta de nuevo y voy a jugar con mi perro al jardín.
Etiquetas:Green Lake, Seattle









Agosto 28th, 2008 at 8:24 am
[...] mi parte favorita: los paseos bajo el parag?as por el Green Lake, Layla en el portabebés y yo que me inspiro por la lluvia, la soledad y mi hija tibia. Y canto a [...]
Octubre 20th, 2008 at 6:13 am
[...] hoy paseamos por el Green Lake del que hablo siempre, que está a dos cuadras de casa. Pisamos hojas secas, jugamos con todos los [...]
Noviembre 4th, 2008 at 12:29 am
[...] llegamos de nuestro paseo diario por el Green Lake. El viento fuerte de ayer terminó de pelar los árboles. Todavía quedan algunas hojas, pero ya se [...]
Noviembre 18th, 2008 at 6:54 pm
[...] a pasear todos los días con Layla por el Green Lake. Y les juro que trato de focalizar en lo bello: el oleaje suave del lago, los colores del otoño [...]
Diciembre 21st, 2008 at 11:15 pm
[...] mucha nieve en Seattle. Más de la que había caído nunca. Y el ánimo es requete festivo. En el Green Lake hay gente esquiando, y chicos tirándose en trineo. Los perros andan sin correa, y David se largó [...]
Marzo 29th, 2009 at 7:20 pm
[...] ¡Layla tiene casi 19 meses y ya es una mamá cangurita! Empezó la semana pasada: pone a uno de sus “bebés” adentro de la campera o debajo de la ropa, y hace todas sus actividades con el bebé pegado al cuerpo. Construye torres con bloques, come, juega con el perro, pasea por el parque, siempre con un bebé. A veces le habla: “Oh bebe, teta, bebe, oooh”. Supongo que sacó la idea de su mamá que la ha llevado y todavía la lleva en su Ergo Baby. ¿No es adorable mi joven cangurita? En la foto: con Bear y Rosie de paseo por el Green Lake. [...]
Abril 30th, 2009 at 4:55 am
[...] un lado, el Green Lake en el que paseamos todos los días. Por el otro, los habitantes más famosos del lago: los patos, a [...]