Así se despidió Layla del Río Futaleufú, después de esa tarde épica que pasamos en “nuestra” playita privada. De tan escondida que estaba, nos raspamos las piernas para poder llegar. Y al resguardo de los sauces nos bañamos los tres desnudos, tomamos sol en las rocas, y yo me enfrié tanto que tuve que caminar bajo el sol y con el sweater puesto durante una hora después de salir.
Qué río. Caudaloso, dramático y turquesa. Me cautivó a pesar de sus aguas heladas, y les juro que no podía salir. Tenía que nadar, y chapucear, y cantar, y gritar.
Y fue ahí que le dije a David: “Che, encontré mi lugar en el mundo”. Ni en Argentina, ni en Estados Unidos, ni siquiera en el pueblito de Futaleufú o en Chile. Fue en esa playita privada donde sentí por primera vez -y el día de mi cumpleaños 40- que mi vida era perfecta. Yo era perfecta, mi familia era perfecta, cada momento era perfecto así como era.
Ojalá que este sentimiento de comunión completa con Mamá Tierra, Papá Viento y el flujo de la Vida me dure y siga guiando.












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