Micael

parto en casa, Parto respetado Add comments

“It has been a long, cold, lonely winter”…Un invierno difícil que terminó casi en el verano, el 15 de diciembre de 2010, con la llegada al mundo de nuestro hijo Micael.

Este hijo se anunció en sueños: una mañana de marzo me desperté con dolores de parto. Había soñado que estaba pariendo, al lado mío había un hombre, y más hacia el fondo del cuarto blanco y muy iluminado había mujeres discutiendo, casi peleándose. El hombre me decía que yo podía parir, que no escuchara lo que pasaba a mi alrededor (¿sería este hombre mi hijo?). El sueño fue tan vívido que me desperté sintiendo las contracciones. Y Luego empecé a percibir la presencia dorada de un bebé: en casa mientras cocinaba, cuando andaba en bici, en las clases de yoga, en el bosque, en la montaña. Andaba a mi lado -a la derecha-, mareándome con su olorcito dulce. Hacía muy pocos días que David y yo habíamos decidido que era hora de sanar la pérdida del embarazo anterior, y abrirnos a otra nueva vida. Pero resulta que para entonces, entre lágrimas y sueños, Micael ya nos había encontrado.

5 am del 14 de diciembre.

Me despertaron las contracciones de parto ¡Finalmente! Mi fecha de parto era el 9 de diciembre y ya estaba súper ansiosa. Venían suaves y espaciadas. No podía dormirme de la emoción, así que caminé por la casa, desayuné, y sentí la urgencia de ir muchas veces al baño -clara señal de que el trabajo de parto estaba comenzando-. Como nunca madrugo, fue un regalo poder ver las primeras luces del día sobre el Cerro Piltriquitrón. Traté de dormir más, en la cama con David y Layla, pero me volvieron a despertar las contracciones, esta vez más intensas, regulares, cada cinco minutos algunas. Desperté a David y al rato le avisé a la doula, no para que viniera, sino para que fuera sabiendo. No quería llamar a la partera aún, pero David estaba incómodo porque ella es de Bariloche e iba a tardar sus buenas dos horas en llegar. Así que la llamé.

Había conocido a la partera en octubre de 2009, cuando la contacté por mail desde USA a raíz de nuestro segundo embarazo, ése que terminó con un aborto espontáneo. Una vez en El Bolsón, la conocí personalmene y me cayó bien, una chica dulce que también me pareció muy profesional. Por eso decidimos que ella nos acompañara, y no acordamos con Mirta M., la partera/guerrera/diosa que había estado en el nacimiento de Layla, y que se había ofrecido con todo su amor a viajar desde Buenos Aires (love you, Mir!).

Nos reuníamos una vez por mes con la partera y la doula, y palpitábamos el parto en casa que David y yo deseábamos para este nuevo bebé. El embarazo avanzaba sin problemas, casi sin “síntomas”, como había sido el de Layla también. Hacía yoga, caminaba, dormía muchísimo y me cuidaba como siempre. Pero sin embargo, cuando miro atrás, veo un embarazo difícil: nos sentíamos aislados, solos, sin comunidad. Y la lluvia de estos pagos, que es copiosa, fría, eterna. No-pa-ra-nun-ca. Y no hay sol. Y no tuve un cuidado prenatal amoroso -como había tenido con Layla-. Y resultaba que al final este lugar no era donde queríamos vivir, después de todo. Recuerdo muchas tardes de mates y tristeza…

Volviendo a la partera: el último mes de mi embarazo nos desencontramos. Hubo tres actitudes que hicieron que yo pasara enferma -literalmente- las útimas semanas de mi embarazo (no voy a dar detalles en el blog). Gripe, tos, vómitos, nervios. No me asusté porque sentía que el embarazo marchaba súper bien. Este bebé estaba haciéndose con la energía necesaria para nacer fuerte y sano, lo sabía con todo mi cuerpo, pero mis emociones en cuanto al acompañamiento de mi parto estaban arremolinándose.

Tratamos de solucionr las diferencias, pero creo que mi confianza se había roto. Sin embargo, ella era mi única oportunidad de tener un parto en casa en esta parte del mundo. Con 38 semanas de embarazo, no era mucho más lo que podíamos hacer. Instintivamente, empecé a trabajar fuerte en un plan de parto para el caso de que tuviéramos que ir a la clínica local. Charlé con el pediatra que hace las guardias pasivas, y nos pusimos de acuerdo en casi todo. Yo quería asegurarme que -fuera donde fuera su nacimiento-, nuestro bebé tuviera el mejor comienzo posible.

Trabajo de parto.

No voy a describirlo siguiendo un orden cronológico estricto, porque sería imposible. Así que van algunas instantáneas, más o menos ordenadas, de lo que fue la llegada al mundo de nuestro Micael.

-David y Layla se habían levantado después que yo. Les saqué unas fotos en la cama, los dos hermosos, las últimas fotos de nuestra familia de tres. Me quedé sola en casa, disfrutando de la panza. Era una mañana radiante, la Patagonia en todo su esplendor se preparaba para recibir a nuestro hijo.

-Después de seis horas de contracciones leves, me recosté. Pero enseguida caí en la cuenta de que por esa hora estaría por llegar la partera, así que apenas dormité. Grave error: hay que dormir siempre que se pueda, no se sabe cuán largo va a ser el trabajo de parto, hay que acumular energía mientras sea posible porque no se puede parir bien estando agotada, ahora lo sé bien.

-La doula llegó primero. Algo en mí se puso triste cuando me di cuenta de que los momentos de soledad con mi trabajo de parto se terminaban…Al rato vino la partera, cargada con mil bolsos y bártulos, y con su bebita de cinco meses. La casa se iba llenando, y yo empezaba a no reconocerla.

-La partera me propuso hacerme un tacto. Le dije que no, que más tarde. Sentía que mi trabajo de parto no había avanzando mucho. De hecho, las contracciones se habían detenido desde su llegada. Yo empezaba a sentir que todo iba para largo, y que iba a tener semejante campamento en mi casa por días enteros…Y aún faltaba una mujer más que iba a venir para ayudar con la beba de la partera. Todas estas presencias estaban previstas y acordadas, aunque alguna en un principio impuesta (tampoco voy a dar detalles de esto en el blog, pero no fue enteramente nuestro plan tener tanta gente en casa). Ahí empecé a sentir que este plan podía no funcionar…No sé por qué no hablamos con Mirta, no sé por qué no nos fuimos a Buenos Aires. Supongo que habíamos decidido instalarnos en la Patagonia, y queríamos (necesitábamos) confiar en su gente durante este nuevo camino.

Pero mi trabajo de parto había empezado, mi hijo y yo estábamos trabajando juntos ya, y había que seguir adelante con el mandato de la Naturaleza. No sabíamos el sexo del bebé, pero a esa altura ya todo mi cuerpo me gritaba que era un varón.

-Nos fuimos a caminar por el barrio con la doula. Hacía calor pero estaba nublado. Las contracciones volvían de a poco, muy llevaderas aún, espaciadas.

-Volvió David. Layla se había querido ir directamente a jugar a lo de nuestros amigos que viven enfrente de casa, y que esa noche nos dieron unas tremendas manazas, como si fuéramos familia. Layla nos había estado diciendo que iba a “esconderse” durante el nacimiento de Micael. Ésta y otras señales nos llevaron a pensar en un plan alternativo para que ella no estuviera presente durante el nacimiento, si es que éste era su deseo. Pero sí estuvo en casa durante parte del trabajo de parto, inspirándome con su pureza.

-David y yo nos encerramos en el cuarto. Las contracciones eran ya más seguidas e intensas. Yo las pasaba en cuatro patas, apoyada sobre la cama o sobre el almohadón para amamantar. La habitación estaba en penumbras, y yo reposaba entre contracciones. Ahora veo que instintivamente, como si mi cuerpo supiera lo que iba a venir, estaba tratando de conservar la energía. Disfrutaba de estar sola con David a la hora de la siesta, sabiendo a Layla en otro lugar, contenida (desde que nos mudamos aquí, y casi desde que nació Layla, no hemos tenido momentos los dos solos). A medida que avanzaba el embarazo, visualizábamos más y más un parto íntimo, de los dos solos, sin miradas externas…este ratito se pareció bastante a nuestro deseo.

-No me acuerdo cuándo fue el primer tacto. Cinco. La partera nos sugirió salir a caminar y tomamos su consejo, a pesar de que yo estaba cómoda en nuestro cuarto. Tal vez no tendría que haber salido. Elegimos el Cerro Amigo, que tiene vista panorámica del pueblo, y para llegar hay que manejar diez minutos, no era cuestión de andar mucho tiempo y por el ripio. Las contracciones en el auto fueron fatales. Parábamos el auto, yo me aferraba del respaldo del asiento y las pasaba. Estaba re animada: sentía que las contracciones eran intensas, fuertes, seguidas. Seguro que faltaba menos para conocer a mi bebé.

Esta caminata fue uno de los momentos más amorosos de nuestra relación con David. Andábamos bien juntos, de la mano. Hacía calor, estaba pesado, tal cual la atmósfera porteña del día en el que nació Layla. Hablábamos de ella justamente, de su crecimiento, de estos tres años, de como la estábamos criando, siempre con el respeto en la intención. La noche anterior nos habíamos dado una panzada de videos y fotos “viejas” de Layla, antes de irnos a la cama.

Las contracciones ya eran muy fuertes, con el dolor focalizado en la parte baja de la espalda. Micael estuvo en posterior durante todo el trabajo de parto. Hacía un par de noches había leído sobre una técnica para aliviar el dolor, que consistía en presionar las caderas de la madre durante la contracción. Así que ante cada calambre yo me aferraba de un árbol o de la baranda de madera del sendero, y David me tomaba las caderas por detrás y las apretaba con fuerza ¡Funcionaba! En los intervalos comíamos cerezas, tomábamos agua y seguíamos de la mano como novios. Llegamos al mirador, le echamos una ojeada al pueblo en el que iba a nacer nuestro hijo, y bajamos.

-Volvimos a casa, que estaba a esta altura toda revuelta y medio caótica. La partera trataba sin éxito que su beba se durmiera, Layla ya había vuelto y miraba una peli. Había juguetes por el piso, ruido, gente, gente, GENTE.

-Siguieron las contracciones. La doula me ayudaba como lo había hecho David. Entre contracciones charlábamos y comíamos budines. Yo sentía que mi bebé iba a nacer esa noche, pero necesitaba esperar a que todo se calmara y hubiera cierto orden y silencio en la casa. La energía de todos estaba dispersa. La de la la partera, dirigida a su beba, y la nuestra supongo que dirigida a Layla o a que la casa se callara. Me parecía irreal que estuviéramos esperando (y trabajando para) un nacimiento.

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Acá empiezo a no recordar bien qué pasó antes y qué pasó después. Layla había vuelto a lo de los vecinos, la partera seguía tratando de hacer dormir a su beba, y yo estaba en mi cuarto creo. Ya me sentía en la parte “sórdida” del trabajo de parto, como la definió con mucha razón una compañera del grupo de pre parto durante el embarazo de Layla. Esa en la que un poco te enojás, otro poco te desarmás, necesitas el abrazo de un gigante amoroso, necesitás estar sola y tenés ganas de arañar al resto, ahí cuando el poder del trabajo de parto te arrastra a lo más profundo no sólo de tu alma sino del alma humana.

-Llamamos a la amiga que iba a ayudar con la beba de la partera. Ella es además la profesora de yoga con quien hice unas clases individuales durante el último mes de mi embarazo, cuando ya las clases “normales” se me hacía pesadas. Y también había hecho acompañamiento de partos como doula.

-Me metí en la bañera, David siempre a mi lado. Las contracciones eran fuertes, muy dolorosas en comparación con las del trabajo de parto de Layla. El dolor estaba focalizado en la parte baja de la espalda. La casa estaba en penumbras, caía el sol, y yo había prendido las velas con las que cada noche ilumino mi baño. Tenía mucha sed. Tomaba té de hojas de frambuesa con hielo (este té sirve para tonificar el útero). Hacía calor.

-David siempre amoroso, el gringo gauchito al pie del cañon jaja. Me abrazada, me sostenía, me apretaba las caderas. Los dos solos, con la puerta cerrada…¿por qué no habrá sido todo el nacimiento así? Ay. Yo cantaba y la vibración del canto me ayudaba con el dolor, que era cruel y mucho. Cruel porque era en la espalda, como un cuchillo que me partía en dos. Y era mucho y diferente del del trabajo de parto de Layla, localizado solo en el abdomen.

-Llegó la profesora de yoga, vieja amiga de la doula. Las dos se pusieron a conversar en el living, a reírse, tan fuerte que yo las escuchaba desde el baño. Me irritaba esta interferencia. Justo David había ido a la cocina, a hacer no sé qué. Hacía ruído y también lo escuchaba, a través de la pared. Lo llamé a los gritos y le pedí que hiciera callar a las chicas. Y le dije que por su parte dejara de hacer lo que estaba haciendo y se quedara conmigo (estaba lavando los platos!!!).

-Se me dio por cantar “Estación”, de Sui Géneris. “Quizás sepa que tenía una eterna compañera, que reía y se entregaba desnuda sobre la arena/Que volaba cuando estaba en algún sueño, para despertarse dentro de su dueño, al que le daba su amor, hermosa y salvajemente”.

-Más tarde, la doula cantaba desde el living Sabemos parir”, de Rosa Zaragoza. Yo la acompañaba desde el baño y nuestras voces se fundían en armonía con mi trabajo de parto.

-Salí del baño.

Acá todo se confunde.

-Yo ya sentía ganas de pujar, no de pujar onda expulsivo, sino de hacer un poco de fuerza con cada contracción. Eso me aliviaba el dolor. Me aliviaba sentarme sobre el inodoro y ahí me quedé un rato.

-Le pedí a la profesora de yoga que hiciéramos una relajación, como la que hacíamos en las clases. Ella llevaba la voz cantante, me ayudaba a visualizar la apertura del canal de parto, a relajarme. En cada contracción cantábamos el Om muy fuerte, yo casi furiosamente. Empecé a despedir el tapón mucoso, lo que me alegró, lo lo viví como una señal de que la llegada de mi bebé estaba un poqito más cerca.

-Seguimos con esa técnica en mi cuarto, yo sentada en el banquito de partos, inclinada hacia adelante. La doula me ponía una botella de plástico con agua tibia en la espalda, lo que aliviaba mucho el dolor. A la llegada de cada contracción, todos cantábamos el Om.

-En un momento, no recuerdo por qué, estábamos todas cantando el todas el Hula Hula de Los Twist, ¡sí! Movíamos las caderas -una constante mía en todo el trabajo de parto, el movimiento de las caderas de atrás hacia adelante y de lado a lado-. Me hizo mucho bien reírme un rato con “ese movimiento centroamericano”. Todo fluía, yo sentía que mi bebé estaba cerca. La bebita de la partera ya dormía, Layla estaba muy bien bien donde estaba, era de noche y el trabajo de parto avanzaba.

-No recuerdo qué pasó entre el Hula Hula de Los Twist y lo que sigue en el relato. David dice que sintió que yo estaba acercándome al “momento de la verdad”, ése en el que hay que dejarse atraversar por los miedos, el dolor y las peores pesadillas para dejar que el hijo nazca al mundo. Pero que por algo no podía hacerlo en el lugar en el que estaba. Dice que me corté sola, que con el nacimiento de Layla pasó algo parecido. Recuerdo sentirme irritada de nuevo y sentir la necesidad de salir del cuarto y estar sola.

-No sé bien qué fue. Si el dolor (a esta altura insoportable), si el cansancio, si la presencia de esta multitud de gente en mi casa, si la onda de la partera que decía con su lenguage corporal lo que no decía con palabras (y que no sé muy bien qué era). No sé si se trataba un asunto mío, íntimo, aún indescifrable, o de algo relacionado con el aborto espontáneo que había sufrido, pero tuve el impulso de salir. Quería estar sola, a oscuras, lejos de todos y en silencio. Me fui al jardín. Desnuda como estaba pasé las contracciones bajo las estrellas, sobre el pasto al lado de la huertita. David me alcanzó luego una manta, la que usamos para picnics, ésa que nos cobijó en nuestros primeros encuentros en la costa mexicana. Yo me aferraba al respaldo de una silla. Creo que ya daba por terminada mi relación con la gente, por eso remarco lo de sostenerme de la silla.

-David estaba conmigo pero yo estaba sola, era el momento de la verdad y no podía atravesarlo. Esas contracciones bajo el cielo fueron salvajes, rayos y fuego. La partera me observaba desde la cocina. No me gustó sentir su mirada. No me gustó lo que me transmitió: miedo, control, falta de confianza. O tal vez vi en ella un espejo de mis emociones.

-Volví a la casa y acá es donde empezó el torbellino emocional y físico.

-Todas me sugerían algo, todas sentían que había que hacer algo. Era mi sentir, ojo, no digo que fuera realmente así. Sentía a todos encima mío, hasta a David. Sentía que casi no podía más con mi cuerpo.

-Las contracciones eran dolorosísimas. Yo lloraba, me estaba agotando. Los demás estaban desconcertados. Yo me preguntaba por Layla, me preguntaba qué hora sería, pero me obligaba a seguir con lo mío, sabía que no me quedaba mucho tiempo hasta agotarme por completo y…no sé, qué pasa si una se agota por completo? nacé el bebé! (qué bolas, cómo no se me ocurrió!).

-De nuevo la ducha, el baño. Después una soga para colgarme del techo durante contracciones, lo que me ayudó un poco, me colgaba de la soga con la panza inclinada hacia adelante (todas estas ideas de la doula María, la doula de la Patagonia).

-Lloraba, me enojaba, me calmaba, hablaba con Micael: “Hijo, ya llegás”.

-No sé cuándo empecé a pensar en que quería irme de casa. A la clínica. Sí, yo, a parir a una clínica. Quería irme. No sé cuándo empecé a hablar de “sufrimiento” en lugar de “dolor”. La partera me decía “no repitas esa palabra”, “¿cuál?” “sufrimiento”, “pero es que sufro, sufro mucho”). Y sufría. No sólo por el parto, sino porque estaba agotada.

-Sí me acuerdo que en un momento estaba sobre mi cama, en cuatro patas atravesando las contracciones. Olía mis sábanas y mi cubrecamas recién lavados, jabón, aire y sol. “No doy más, estoy agotada, quiero dormir, dormir acá con mis dos bebés, extraño a mi Layla, quiero dormir acá con mis dos hijos esta noche”. Lloraba. Quería parar las contracciones por un rato y dormir. D-o-r-m-i-r. Pero no se podía: eran cada vez más intensas, más seguidas, más demoledoras. Y yo no podía traspasar el dolor, más bien sentía que a esta altura él me traspasaba a mí. Estaba encerrada en mi dolor, en mi cansancio, en mi propia casa.

-Creo que ahí hicimos un tacto. Ocho. La partera me dijo que necesitábamos “más contracciones, más eficientes, el bebé está alto todavía”. Creo que aún no había girado. No fue ésta la primera frase que yo escuchaba sobre la “calidad” de mis contracciones. “Esta contracción que pasó fue de las buenas”…

-Verbalicé lo de irme a la clínica. Trataban de convencerme de que me quedara, “que te vas a arrepentir después, Lau”. Pero yo lo sentía en las tripas. Tenía que irme. Hasta ahora no sé bien qué esperaba realmente de la clínica, pero como interpretó una amiga: “tenías que romper esa burbuja energética”. Y sí. Hasta David no me acompañaba en esta movida. La partera me dijo que de ir a la clínica iban a hacerme “esto, esto y esto”, y entonces ella se ofreció a romperme la bolsa en casa. Me negué. Le repetí que necesitaba irme.

-Duré una hora más en ese estado (esto me lo dijo la doula después, yo no estaba para mirar relojes). Hasta que me vestí para salir, me puse un short sobre el camisón y me calzé. Les dije que me iba, que si no me llevaban o me acompañaban me tomaba un remis. Agarré mi celular y creo que hasta marqué los primeros tres números de la agencia. Ahí vi que eran las 5 de la mañana…¡Hacía veinticuatro horas que había comenzado mi trabajo de parto!

-Todos empezaron a moverse. La doula sabía donde estaban las cosas mías y del bebé, así que ella se ocupó de juntar todo.

-Subimos al auto, la doula y la partera nos acompañaron. No puedo explicar lo que fueron las contracciones en el auto en ese avanzadísimo trabajo de parto…no tengo palabras para describir tanto dolor y tanta incomodidad.

-Llegamos a la clínica. Tuve unas pocas contracciones en la guardia. Ya nos conocían. “Ustedes son los del plan de parto” -calculo que el nuestro fue el primer plan de parto que habían leído-. La partera llegó enseguida. “A vos te conozco”. Nos habíamos conocido en una reunión de la Semana del Parto Respetado. Me hizo un tacto, había dilatado completamente. “La bolsa está intacta, ¿te puedo sugerir…?”. “No, gracias, no la rompas”.

-Llegó el obstetra con el que me había hecho los controles prenatales. Estaba enojadísimo porque no lo había visto durante las últmas tres semanas. Simplemente me había hartado de su estilo “mete-miedo” y quería pasar los últimos días de mi embarazo -los últimos días embarazada en general-, en paz.

-Entré con ellos a la sala de partos. David se estaba poniendo los ropajes y venía detrás. Le dije al obstetra que no podía aguantar más el dolor. “Pero Laura, tu bebé nace ya, está naciendo, ya está”. Aún viniendo de este tal doctor K., eran ésas las palabras de apoyo y empoderamiento que no había tenido hasta ahora y que estaba necesitando.Y ahí nomás se vino una contracción fortísima que me puso en cuclillas y entonces sí, Oh My God, sentí la urgencia de pujar YA YA YA. EL ardor, la coronación, ¡qué gloria! Toqué la cabecita de mi bebé. Avancé un paso hacia el sillón de partos y vino otra contracción, pujé, qué alivio. Se rompió la bolsa y la sala de partos se descontroló. Sangre, líquido amniótico. El olor era dulce, salvaje.

El obstetra gritaba “¡¿lo está teniendo?!”. El viejo me gritaba que subiera al sillón, y yo con la cabeza de mi hijo entre las piernas…Subí dos escalones hasta el sillón de partos (no sé cómo ni por qué, qué boluda, ésa fue la causa de mi desgarro según la partera), y ahí, yo parada, los brazos sobre la silla de partos, pujé a mi bebé al mundo….

…el “plop” más hermoso del mundo…el alivio…

La partera lo recibió desde atrás y me lo dio. Resbaladizo, calentito, robusto, ¡varón!

Habíamos salido de casa a las 5.15 de la mañana y Micael nació a las 5.47.

Mi hijo…mi paz.

Casi no lloró. Era tan pero tan pero tan hermoso. Tenía la piel rosadita gracias a la bolsa que lo protegió, los ojos abiertos, el cuerpo tibiecito. Era perfecto, como había sido mi hija ¡como son todos los hijos! Le canté “Estación”, de Sui Géneris. “Todos sabemos que fue un verano descalzo y rubio…”

Cuando tomé a Micael, el cordón umbilical se cortó, no sé bien el motivo (¿era corto?). El obstetra me culpó, me gritó, me dijo que yo había cortado el cordón de mi hijo, y casi me insulta (iba a decir esa palabra que empieza con “pe”, pero al final la reemplazó por otra). Gritaba tanto que la partera y la doula escuchaban sus gritos desde la sala de espera. Estaba descontrolado.

Pero a mí no me importaba nada, lo juro, por eso no incluyo el resto de su trato en esta parte del relato (ver nota al final). Había parido a mi hijo y lo tenía en brazos, aguerrida y triunfante ¿Quién era ese doctor más que un técnico que me estaba cosiendo un desgarro? Me limité a responderle “¿A vos te parece que voy a querer hacerle daño a mi hijo?”, y volví a Micael y a David, a nuestra burbuja. Le cantaba a mi hijo con fuerza, con ganas, con una felicidad y liberación que ni les cuento. Lo tenía sobre mi pecho, dispuesta a luchar si alguien se atrevía a separarnos. Lo llené de besos, le chupé sus deditos, “llegaste, mi amor”. Llegaste…

Se prendió a la teta enseguida, con facilidad, el camino seguramente allanado por su hermana, que se había destetado sola dos meses antes -después de 3 años y dos meses de lactancia, yeah-.

Nunca nos separaron a Micael y a mí. No le practicaron ninguna de las rutinas (ni vacuna, ni vitamina, ni sondas, ni baño, ni gotas, ni NADA). Sólo se lo llevó un rato David para cambiarlo, cuando hacía casi una hora que había nacido. El pediatra respetó cada uno de los puntos de nuestro plan de parto, aún a pesar de no estar de acuerdo con todos. Mi agradecimiento es enorme ¡Gracias, gracias, GRACIAS! (ya sé, las puristas me dirán que no hizo más que cumplir con su trabajo al respetar nuestros deseos, y que no hay nada que agradecer ni remarcar; pero no, respetar los deseos de los padres no es la norma lamentablemente y yo sí lo remarco, y lo aplaudo, y lo súper aprecio).

Enseguida nos acostamos con Micael. Luego David fue a buscar a Layla, que vibró con mil emociones cuando conoció a su hermanito. A las siete horas pedimos el alta voluntaria. Y nos fuimos los cuatro a casa, a empezar nuestra nueva vida como un equipo de cuatro.

¡Qué llegada la de este hijo! “¡Varones!, diría mi amiga. “Gran amor”, digo yo. El parto fue una tormenta y se me hizo muy difícil atravesarlo, pero después de la tormenta vino la paz. Carita de bebé con ojos de sabio, mi dulce elfo bolsonero, Micael. Agradecida eternamente por tu llegada a mi vida, por lo aprendido de este parto y de cada segundo que pasamos juntos, que por suerte son todos los segundos de nuestras vidas!

Gracias a todos los que participaron de alguna u otra manera en el nacimiento de Mica. Gracias por su acompañamiento, gracias por las buenas intenciones. Gracias especialísimas a mi doula María que le puso alma y vida a su trabajo. Y a la partera de la clínica, qué suerte que esa noche estaba ella de guardia, y qué bueno que sus manos amorosas recibieron a Micael. Gracias porque todo en esta vida es parte del camino. Al Gringo y a Layla no les agradezco porque son parte del equipo, todo lo que logro es gracias a ellos y viceversa :)


Primera noche juntos. Y sí, esa noche dormí en mi cama con mis dos bebés… :)

Notas:

-En ese momento no viví como algo traumático el mal trato del obstetra (hay más detalles, en los que no voy a ahondar en este momento). Como dije, yo me sentía triunfante y poderosa con mi hijo en brazos, después de semejante trabajo de parto. Pero ahora sí lo recuerdo con rabia y estoy enojada: no tenía derecho a gritarme y a gritarle al personal de la clínica durante el nacimiento de mi hijo. No tenía derecho a perturbar así la llegada al mundo de un ser humano. Eso me parece que encuadra en lo que se define como violencia obstétrica (Ley de Violencia de Género). Yo creo que el hombre gritaba porque la sala de parto se le había descontrolado, se había ensuciado su “oficinita” aséptica. Y porque, en definitiva, yo fui la dueña del parto. No él. Yo me negué a que me rompieran la bolsa y así salpiqué de pasión, de sangre y de vida su guardapolvo, que verguenza debería darle el llevarlo. Yo le cantaba a Micael, él gritaba. Yo seguía cantando; él, gritando. David lo calló con calma pero lo calló al fin. Y yo seguí cantando, como la cigarra de María Elena….Siempre la Vida que avanza va a ser más poderosa que un ego tontorrón cuyas pocas luces ya se van apagando.

Lo del cordón no es grave, es una pena que tal vez no haya llegado a pasar el precioso hierro.

-Claro que me duele que el parto no haya sido en casa. El plan era otro. Sin embargo, el universo es perfecto y lo que pasó también lo fue. Perfecto como Micael. Nuestro trabajo de parto tuvo momentos realmente hermosos e inspiradores. Celebro que mi bebé y yo no hayamos sido separados, y que él no haya sufrido en su cuerpo ninguna de las prácticas rutinarias e innecesarias -en la mayoría de los casos-. Me tranquiliza saber que no hubo ninguna razón de salud para el traslado a la clínica. Que fui dueña de la decisión de irme y de mi parto. Que aún a pesar de que las formas fueron diferentes a las esperadas -la dimensión del dolor, el nacimiento en la clínica-, fue un parto natural, vertical y sin medicación y fue MI parto (y de nadie más! jaja). Pero…para mí siempre un parto fuera de casa va a ser un parto más o menos intervenido.

-Disculpen que ni este posteo ni los futuros admitan comentarios. Aprecio todas las lecturas, de corazón, pero no puedo mantener la vida social de un blog ;) Escribí el relato del nacimiento del Mica porque estoy feliz, nació mi hijo bonito y quiero compartirlo en mi espacio! Pero sobre todo lo escribí para informar, para que pueda ayudar a alguien a tomar decisiones en uno u otro sentido, como tantos testimonios me han ayudado a mí. Cariños a todos!

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