Justo anoche leía en un sitio de Australia, orientado a los profesionales de la salud, que no era aconsejable referirse al embrión sin vida, la placenta y demás como “los productos de la gestación”, cuando uno se dirigía a las pacientes que habían perdido a “un bebé”.
Pero la enfermera que me atendió hoy me dijo que como las hormonas del embarazo siguen altas, el cuerpo no registra la muerte del embrión y “los productos de la gestación” no son eliminados. Y no sólo eso: siguen creciendo, y de producirse el aborto espontáneo, el sangrado sería mayor, más complicado y más traumático. Eso dijo.
Cinco semanas pasaron desde la muerte del embrión. Y dos semanas de espera para que la Madre Naturaleza siguiera su curso. El médico -otro médico, uno que me habló en español y compasivamente-, no me recomienda esperar más. Y yo lo sigo esta vez. Ya hace un par de días que me alisto para el legrado. Necesito un cierre. No me asustó el médico, pero sospecho que si mi cuerpo no hace las cosas solito, es porque no puede, tal vez haya un riesgo mayor. No tengo miedo, pero por lo que sea, no siento esperar más.
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Estos días me sirvieron para prepararme emocionalmente para el adiós final. Siguiendo mi ritmo llegué a esta convicción, con calma, bien segura (acá está la información de la OMS sobre la conducta expectante versus el tratamiento quirúrgico para el aborto).
Necesito salir de este limbo que me amarga. Me hago chistes oscuros, me digo que “estoy en la amarga espera” o que “estoy esperando a Godot”. No es muy sano. Y lo peor de todo es que me miro en el espejo y me veo embarazada (gorda). Y hasta hace tres días me sentía embarazada también. La vida puede ser cruel. Siento una fuerza vital que me empuja a volver a la vida completa. La muerte es parte de la vida, ya lo entendí, pero no se puede vivir en este estado de muerte-vida. Ya experimenté la muerte, la llevo en mi vientre y en el corazón, y ahora quiero devolverme a la vida.
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Esta vida que es cruel a veces…pero que no se ensaña.
Y esta noche nos quebramos de risa con la nueva idea de Layla: ahora envuelve las galletitas de los perros en servilletas de tela, así los pobres bichos tienen que olisquearlas y revolearlas durante varios minutos hasta que finalmente dan con ellas. Layla llora de risa, y se le pone la cara roja de picardía.
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