
Foto: NDomer73 (Flickr Creative Commons)
“No te asustes -me advirtió David-, pero hay un oso que anda visitando el Campo Irie. Solamente tenemos que ser muy cuidadosos con la comida, y nunca dejarla afuera. Por lo demás, el camper es precioso y está ubicado en una pradera con flores, te va a encantar”.
No había pasado ni una semana desde nuestra llegada, cuando un mediodía se acercó Will con una lanza (sí, con una lanza, no hice preguntas): “El oso está cerca, lo escuché y los perros se volvieron locos”. Agarré a Layla, provisiones, cerramos el camper con candado, y nos instalamos con los perros alrededor del círculo en el que todas las noches hacíamos el fuego. Todos juntos. Esperando al oso.
(Nos vino bien este tiempito a los tres. Will y yo nos pusimos al día, después de dos años de no vernos, y Layla disfrutó de ese “solo time” con Tío Willy, en el que pudieron conocerse más y entrar en confianza).
Entre charla y mate con Will y Justine -que ya había vuelto a casa-, lo vi ¡Un oso! ¡Por primera vez! Se movía entre los pinos, en dirección al compost. No pude gritar (como se recomienda, para asustarlo), sino que susurré casi sin aire: “Chicos, el oso”, mis ojos bien abiertos y ya medio húmedos. Todos nos movimos en ralenti y nos dirigimos hacia el oso. Una vez que se aseguró que todos habíamos visto, Justine empezó a hacer ruido con las palmas, a gritar, y llamó a los perros -que dormían la siesta y no habían notado a este oso silencioso-.
El oso se fue, pero Will y yo habíamos visto un oso, por primera vez. Un oso joven, de no más de dos años, según estimó Justine. Pero nuestro amigo volvería, al menos cuatro veces más.
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La siguiente vez que lo vi fue casi un secreto. Estábamos solas con Layla afuera, los perros adentro porque estaba lloviendo, pero Layla tenía que ir al baño. Me di vuelta y ahí estaba, a unos 10 metros, mirándonos. Me quedé fascinada -sensación a la que nunca hay que ceder-, y le dije a Layla: “Hija, un oso”. Después sí, grité con poca convicción, y les avisé a Román y Justine que lo ahuyentaron con más pericia que yo.
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Al día siguiente, los hombres del grupo se preparaban para acampar por una noche cerca de Campo Irie. Estaban todos afuera, ocupados cargando las mochilas y la camioneta, cuando David vio al mismo oso que bajaba de un árbol con la comida de Lola, la perra de Will, en las garras. De nuevo los gritos, de nuevo el oso que se fue corriendo en sus cuatro patas, y que desapareció sin soltar la comida.
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La tercera vez fue Asia, la perra del Campo Irie, quien lo descubrió y coartó sus planes. Los otros perros la siguieron. El oso se había metido en nuestro camper. Con la precisión de un cirujano, había entrado y abierto la heladera. Había sacado un queso artesanal recién comprado, y había dejado en el camino las salchichas de soja y el tempeh -selección que hizo que todos mis amigos carnívoros se burlaran-. Hizo todo sin dejar rastros. Ni huellas, ni pelos, ni destrozos.
Todo el Campo se reunió para asustarlo. Tiramos piedras, hicimos ruidos, gritamos…Pero los perros nos decían que el oso seguía cerca. Estaban como locos, Julio especialmente, su orgullo dañado porque no había podido impedir que el oso entrara a nuestra casita. Layla les alcanzaba piedras a Japphy y a Kiran, los adolescentes del grupo, que estaban metidos de lleno en esta nueva misión. Yo (bien lejos del lugar en el que se suponía andaba el oso), hacía ruido con una cuchara de madera contra el metal del camper. Román y Will gritaban como enfurecidos para mostrarle al oso quién era el jefe en Campo Irie.
Esa noche vino Mike, un amigo y vecino que trabajó durante veinte años en el Chautauqua Park (Boulder), experto en expulsar a los osos negros que buscan comida de humanos (“habré echado a 50 osos”, nos aseguró). Nos dijo que lo mejor eran las pelotas de tenis, porque “no los lastiman”. El dueño de casa, Román, le respondió en su inglés de Nueva York (de raíces portorriqueñas e italianas): “I don’t give a sh..t! Voy a tirar piedras que es lo que tengo a mano”.
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El oso negro americano (Ursus americanus) es la especie de osos más común de América del Norte. Se lo puede encontrar desde Alaska a México, y de la costa del Pacífico hasta la del Atlántico. En general, los encuentros entre humanos y osos negros no son peligrosos -no son osos que vayan a atacar, como los feroces Grizzly, extinguidos en Colorado-. Excepto que una se encuentre con una mamá osa y sus ositos. La famosa “mamá osa”…
De todas maneras, siempre hay que tratar de no provocar encuentros, y de ser muy cuidadosos con la comida y la basura (dejarlas en compartimentos cerrados), y si se está acampando, guardar la comida lejos de la carpa, y en lo posible colgada bien alto de un árbol. Cuando aparece un oso, hay que hacerse la fuerte y tratar de echarlo. El oso tiene que entender que no es bienvenido. Hay que hacer ruido, gritar, arrojarle pelotas de tennis (o piedras…), largarle los perros, ahuyentarlo.
Si las visitas son asiduas, como en este caso, hay que elaborar otras ideas, como ésta que una amiga le sugirió a Justine: llenar un globo con pimienta de Cayena, inflarlo, y untarlo con miel…Ya se imaginarán como funciona. O ahuyentarlo con los “chaski bum”.
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La última visita del oso fue la peor. Habíamos pasado la noche en la casa de otros amigos. El Campo Irie se había quedado solo, sin perros ni humanos. Al día siguiente todos llegamos tarde. Demasiado tarde. David fue a llevar unas cosas al camper mientras yo me ocupaba de Layla, y volvió con la cara surcada: “El oso destruyó el camper”.
-¿Pero cómo? ¿Y el candado?
-No, nena, tenés que ir a ver, arrancó la puerta, con marco y todo.
A simple vista sí parecía que todo estaba destruído. Había comida por todas partes, granos de avena, miel, pelos del oso, y un líquido pegajoso que no supimos si era baba, orina o qué. Era un desastre. Sin embargo, después de pasar la aspiradora por una hora, vimos que aparte de la puerta y una de las alacenas, no había destrozos. Era suciedad, suciedad salvaje, suciedad ajena, suciedad de oso.
Esa misma noche abandonamos el camper, abatidos y medio asqueados por el olor agrio y húmedo. Justi y yo pasamos la mañana siguiente limpiando con alma y vida, desquitándonos el enojo por este atropello. El camper volvió a ser lo que era, pero sin puerta. Nunca más volvimos a dormir ahí.
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Lo último que supimos era que el oso andaba visitando otras casas, comiendo lo que encontraba aquí y allá. A veces usando estrategias avanzadas para obtener la comida, y otras agarrando lo que algunos vecinos distraídos dejaban afuera, o en el tacho de basura abierto. Cuando uno vive en las montañas Rockies tiene que aprender a convivir con los animales salvajes. Tiene que aprender a cuidarse, pero también a cuidarlos. Dejar comida afuera, o dejar que un oso coma lo que encuentre sin ahuyentarlo para sacarle fotos -como hicieron algunos vecinos en las primeras visitas de este oso adolescente-, es un acto de irresponsabilidad.
Porque pronto llegará el invierno, y este oso no tendrá las herramientas para sobrevivir sin la “ayuda” de los humanos. Ya lo dice el dicho: A fed bear is a dead bear. Un oso alimentado, es un oso muerto.


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