Desde ayer, cuando vimos por tercera -¿cuarta?- vez “El Mago de Oz”, Layla desea tener “el pelo como Dorothy”. Y lo desea con pasión y lágrimas. El pelo de Dorothy: lacio, largo, y castaño rojizo.
Layla, mi niñita que nunca tiene berrinches y que se presta a razonarlo todo, se ha estado agarrando unas rabietas terribles porque su pelo no se estira. Y yo, que me tomo sus emociones muy en serio, les juro que no me río cuando la veo tirarse del pelo, observar los pobres resultados, y decirse “grrr, Layla pelo como Dorothy, no no, Layla pelo como Dorothy” .
¡Justo ella, que con sus rulitos se roba todas las miradas! Nos cansamos de decirle: “Layla, todos pensamos que tu pelo enrulado es una belleza, todos los pelos son hermosos, el tuyo, el de Dorothy, el de mami, el de papi, !hasta el de Julio!”.
“No no, Layla quere pelo como Dorothy now” (acompañado de lagrimitas).
¿Qué hacemos? Al final de la noche le dije (le mentí) “bueno, mañana vemos si podemos hacer algo para que tu pelo se parezca al de Dorothy”. David le reveló el truco: “Realmente, el pelo de Dorothy era enrulado, y se lo alisaron para la película” (”¿realmente?” “¿alisar?”, habrá pensado Layla, “¿what the hell?”).
¿Pero y mañana? ¿No es muy chiquita para querer un cambio de look o tener conflictos de imagen? Si esto pasa a mayores, mañana mismo se proscribe la película de mención, y se trata por todos los medios de conseguir Annie. Y asunto terminado. The End.

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