Cayó mucha nieve en Seattle. Más de la que había caído nunca. Y el ánimo es requete festivo. En el Green Lake hay gente esquiando, y chicos tirándose en trineo. Los perros andan sin correa, y David se largó a hacer snowboard en nuestra calle.
Nieve suave, nieve purita, nieve limpia, nieve romántica. Nieve nieve y más nieve. Hacer muñecos de nieve, comer nieve, tirar bolas de nieve. Mejillas rosadas y atardeceres en sepia. Nieve = carcajadas.
¡Viva la nieve!
Vivimos a dos cuadras del lago Green Lake, que le dá nombre al barrio. Son calles tranquilas, de casas victorianas y veredas floridas.
Hay varios cafés y restaurantes, una heladería, gimnasios y estudios de yoga. Todo muy orientado a la clase media alta.
O “media aburrida”, parafreseando a Mafalda, que concluyó que a la clase media se la llamaba “clase media” porque era “media estúpida”.
Hay otros barrios más vibrantes, con negocios abiertos las veinticuatro horas, puestos de tacos mexicanos, y peluquerías latinas con pósters de cantantes.
Sin embargo, nuestro barrio tiene su vida.
El lago es uno de los centros veraniegos de Seattle. Se puede andar en bote y nadar con patos, gansos y tortugas.



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