
Foto: Dolores y Vito, a pleno sol.
Inspirada por la Semana Internacional del Parto Respetado 2009, decidí pedirles autorización a las amigas de la Red Social Familia Natural, para ir publicando de a poco sus experiencias de parto. Gracias chicas por la generosidad y la inspiración. Sus relatos seguramente ayudarán a otras mujeres a tomar decisiones conscientes y seguras para el nacimiento de sus hijos.
El primer relato es de Dolores, mamá de Vito. No voy a publicar los nombres completos de las parteras y del obstetra, pero pueden contactarse conmigo para obetener más información ¡Gracias Dolores, y felicidades por tu Vito hermoso!
“Prefiero arrancar con la conclusión: lo que más me dolió fue ver cómo todo lo que yo detestaba y odiaba para mi propio parto me estaba pasando, y que ya no había forma de salir. Durante esos tres días entré en un estado de desamparo total y me dejé hacer. Y con la eterna pregunta que me quedó: ¿Qué pasa si uno rompe bolsa pero el trabajo de parto no empieza?
Empecé a leer creo que desde el segundo o tercer mes de embarazo. Fui a una charla de Dando a luz que me terminó de abrir la cabeza, leí las revistas Creavida que me prestaron, incluso fui a una charla sobre el parto respetado.
Así que llamé directamente a Raquel S. y le pregunté si ella podía ser mi partera, para tenerlo en la clínica de mi obra social. Ella me explicó que sólo atendía partos domiciliarios o en su casa. Y me recomendó a una discípula suya, Diana R., que vivía cerca de casa (yo buscaba eso con mucho ahínco, que viviera cerca). Nos cayó muy bien, es una divina Diana. Hice la preparación corporal con ella, me gustó mucho.
Mi obstetra era mi ginecólogo, Gustavo S. Él ya sabía que yo iría con mi partera, que no quería episiotomía, que en lo posible prefería que cortara el cordón más tarde, y que quería parir sentada.
Mi fecha probable de parto era mi cumpleaños: el 16 de octubre. El 22 de septiembre Diana viajó a Córdoba por el fin de semana. Ese viernes a la madrugada rompí bolsa ¿Qué podía hacer? Me fui a la clínica, llamé a Diana que estaba en el micro casi llegando. Mi plan era hacer todo el trabajo de parto en casa, con ella.
Llegué a la clínica San Lucas (San Isidro, provincia de Buenos Aires), y claro, ahí empezó el show: me internaron, me acostaron, me hizo el primer tacto el obstetra de guardia, me dieron la primera pastillita de antibiótico…
Hubo que esperar hasta la mañana siguiente para que viniera mi obstetra. Le dije que no quería goteo, que quería esperar. Le pareció bien. Tenía muy pocas contracciones, al principio seguidas, pero luego mágicamente desaparecían.
Le pedí a mi marido que le avisara a mis padres, porque ellos habían planeado un viaje a Rosario. Ese fue mi primer error: toda la familia turnándose para visitarme mientras yo estaba en medio de ese dudosísimo trabajo de parto.
Las enfermeras siguieron trayéndome las pastillitas del antibiótico el sábado y el domingo. Y venían con la orden de “mejor no te levantes”. Pero me puse “perra”: cuando empezaban las contracciones necesitaba estar sentada, así que le pedí a Carlos que me trajera el sillón de la sala de espera, no pensaba pasar la noche con contracciones y acostada.
Me lo trajo: era uno de esos sillones tipo ingleses, gigantes y pesados. Cara de incredulidad en el piso. Yo seguía insitiendo en que no quería goteo. Mientras, seguía del desfile de visitas en el cuarto ¡como si Vito ya hubiera nacido! Ni Carlos ni yo supimos manejar nada. Por eso yo quería a Diana conmigo, pero no podía hacer nada.
Ni mi personalidad ni la de Carlos nos ayudaron a echar a todos de la pieza. Así seguí hasta el domingo a la tarde, cuando mi obstetra me dijo que hasta ahí esperaba, me dijo que vendría su partera. Llegó la partera, a quien jamás había visto, se presentó y me dijo que iba a ponerme la vía y hacerme otro tacto (creo que fueron tres en total en esos días, lo más doloroso del mundo, más que las contracciones).
A los tres minutos me dije que se iba a ver a otra chica en otro sanatorio. Cuando volvió, yo ya estaba chillando como una loca. Me pusieron en la camilla, mientras la partera hablaba de cualquier verdura. Me pusieron en una camilla en el pasillo, yo pidiéndole si por favor podía parir sentada, que pusiera las pieseras, gritando, y esperando mientras limpiaban el quirófano del parto anterior.
Anestesia. Sala de partos. Le pedí por favor -de nuevo-, que quería sentarme. La anestesia hizo efecto, tres pujos, la partera bien despectiva…Sólo el chico del monitoreo me agarró la mano, recuerdo su voz dulce con tonada del interior.
Vito nació con un “plop”. Yo no sentí nada. Veía a todos pendientes de mi vagina como en una película, y yo inmensamente triste, anodadada, viéndolos a ellos, y totalmente consciente de esa nada que me estaba pasando.
Vito salió azul, así que ni me lo mostraron, y se lo llevaron para darle oxígeno. Carlos salió con él, el obstetra se quedó cosiéndome (también en la sala de partos le recordé que no quería que me corte…). Me dijo que me cosía un desgarro, “cinco puntos apenas”, dijo. La partera, apenas terminó de coserme y ni bien se fue el obstetra, me preguntó cómo arreglábamos el tema de los honorarios ¡Qué tristeza infinita!
Vito estuvo en Neonatología por dos días más, yo suplicando que me lo lleven a la pieza (no podía, “está con oxígeno”, me decían). También me pedían que descanse, que no me preocupara, que ellas le daban leche. Por supuesto fui, toqué la puerta y le di mi primera mamada ahí, en la Neo.
Fue desgrarrador, el pobre no tenía nada grave: nació deprimido como nacen casi todos los bebés en los partos medicalizados, calculen que yo estuve con antibióticos dos días.
Después vino la lucha para que me lo lleven. Y el colmo: cuando dijeron que Vito ya estaba bien, la jefa de Neo no me quería dar el alta porque “no me veía muy segura en mi rol de madre”. Claro, porque yo no pude aguantar y le pedí por favor que me lo lleven a mi cuarto, que quería irme. ¿Cómo iba a sentirme segura si no tuve ni tiempo de estar a solas con mi bebé? Nos quejamos, llamamos a otro jefe de Neo y finalmente nos dieron el alta.
Otro detalle: el anestesista lo primero que me dijo cuando me vio fue: “¿Así que vos querías una parto natural? Todas dicen lo mismo pero terminan pidiendo la anestesia”. Parece una frase hecha, una película de terror, pero no, así fue.
Chicas: Yo no había “soñado” un parto perfecto. Yo lo planifiqué todo lo que pude para que se pareciera a lo que ahora sé que es un parto fisiológico. Pero no se puede tener un parto ni mínimamente respetado en una clínica. Ahora entiendo lo que me dijeron las dos parteras: que era muy difícil, pero que haríamos lo posible.
Si alguna vez se me cruza por la cabeza tener otro hijo, va a nacer en casa. No tengo NINGUNA duda. La famosa cadena de intervenciones desde que entrás al hospital es la causa de todo. Ahora, ¿Por qué no me animé con Vito? “
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