Veo veo…¿Qué ves?

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Foto: Atardecer desde nuestra calle, el cielo gris y la franja de luz


Veo a Layla dormirse en la teta, mientras le canto una canción inventada
. La escucho cantar también, con su voz de pájaro en primavera.

En la plaza, veo a un padre que pone a su bebé en la hamaca. Saca el celular y pasa media hora hablando de negocios, mientras empuja a su hijo desde atrás. Los números son grandes: dos millones, cuatro millones.

Veo que el bebé no sonríe ni una vez, ni tampoco reclama la atención de su papá.

Veo a un nene que está por comenzar un berrinche porque quiere la pala de otro nene. Y veo a su mamá, una mujer de Asia, sacarse una hojota y (¡no se asusten!) decirle a su hijo: “Mirá, las hojotas tienen usos múltiples, ¡son zapatos y son palas!”. Sonrisas.

Veo a una mamá que amamanta a su bebé de dos meses. Me acerco porque imagino que no es de Estados Unidos. Acá nadie expodría sus pechos como lo hace ella. Le digo que ya he amamantado a Layla por trece meses. Me dice que es de México, y que su hijo se llama Antonio.

-¿Vas a seguir por dos años?-, me pregunta.
-Sí, ¡por lo menos!
(Estoy feliz de que alguien en esta plaza sepa que una lactancia ideal debe durar por lo menos dos años)

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Una tarde en la plaza

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Volar en una hamaca. Gatear en el pasto húmedo. Pedir a los gritos que la calesita vaya más rápido.

Saltar en el trampolín. Jugar con un tractor prestado. Embarrarse hasta las orejas.

Cuando vivo el mundo a través de Layla, no quiero volver al mío.

Mundo de Facebook, Skype y Gmail. Mundo de cuentas y discursos. De hadas falsas y de príncipes-príncipes y sapos-sapos.

Prefiero quedarme en la hamaca mirando el atardecer, los zapatos contra el cielo, el pelo enmarañado, mi hija viéndome reír con ganas.

Gracias Layla por llevarme a un nuevo mundo. Vibrante. Y mucho, pero mucho más divertido.

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Un año en Fire Mountain, Mount Vernon

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Bueno, no fue exactamente un año, sino medio dia, una noche y la mañana siguiente.

Pero siento que fue un año.

Layla está con los pies en el agua del lago, embarrándose y queriendo comer tierra. Les tira palos a los perros . El sol es tibio y gentil.

Dan ganas de desnudarse.

Descubrimos las zarzamoras. A la primera planta la vaciamos. Devoramos todas las frutas que hay, las bien maduras y las más jovencitas.

Pero a medida que vamos encontrando más matas, nos volvemos selectivas.

Y al final, cuando llegamos a ese camino hecho de sol y zarzamoras, nos damos el gusto de seleccionar y comer solamente las grandotas y jugosas.

Ésas tan dulces y que parecen a a punto de explotar. Ésas que yo llamo “las Anika Ekberg en La Dolce Vita”.

El aire suena a la respiración agitada de los perros -cansados de perseguir conejos-, y al zumbido de las libélulas.

Se va el sol. Y nos vamos a dormir los tres juntos a la cabaña. Los tres bajo las bolsas de dormir.

Olemos mejor que nunca. Olemos a tierra, sudor y sol.

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Verde que te quiero verde

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Los pronósticos meterológicos lo confirman: Se acabó el verano en Seattle.

Mientras el resto del país sigue sudando bajo el sol, aquí volvieron la lluvia, los cielos blancos y la modorra.

Hemos dormido mucho estos días, tal vez para reponernos del corto pero intenso verano.

Luz hasta las diez de la noche, juegos en el agua y sobredosis de sol. Mitad de junio, julio y dos semanas de agosto. Fin.

Hace cinco días que no sale el sol en Seattle.

Y me dicen que a partir de noviembre la cosa empeora. El sol se pone temprano y llueve mucho más, llueve todo el tiempo, y Seattle se hunde en una oscura humedad.

Esta ciudad tiene uno de los índices más altos de suicidios en los Estados Unidos.

El sol no se siente por días enteros, el cielo se pone lechoso y, por más cafés que tenga Seattle -dos o tres por cuadra-, la gente se vuelve triste sin el sol.

Muy triste.

Hay que sacarle brillo al sol interior para sobrevivir en Seattle durante el invierno.

Pero a mi me gusta la ciudad. Es vibrante, siempre hay eventos interesantes a donde apuntar, y hay gente con buenas ideas.

Y hay muchas, muchas librerías.

Pero lo que más me gusta de Seattle es su verdor. Es verde políticamente y verde, que te quiero verde.

Todo florece en Seattle, y cada día descubro una nueva flor que no había visto nunca antes en mi vida.

Las flores de Seattle nos dan el color que el sol nos mezquina.

Pasó el verano, el primero de Layla, y vuelven los días de largos baños, y chocolate caliente. Nada mal.

Y mi parte favorita: los paseos bajo el parag?as por el Green Lake, Layla en el portabebé y yo que me inspiro por la lluvia, la soledad y mi hija tibia.

Y canto a los gritos la rumbita: “Verde que te quiero verde, verde viento verde ramas, el barco sobre la mar, y el caballo en la montaña…”

Video: Ketama y Tomatito, “Verde que te quiero verde”

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Amor de martes lluvioso

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Pienso en la canción de John Lennon, Beautiful Boy. “Life is what happens to you while you’re busy making other plans”. La vida es lo que te pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes.

Acá esta la vida, es el aire que respiro. Ruido de lluvia. Gusto a mate amargo. Olor dulce de las frutillas y arándanos del desayuno.

Ni es el mediodía y ya estamos las dos de vuelta en la cama. Layla anticipó su siesta porque hoy se despertó más temprano que de costumbre.

Yo tomo mate y escribo. Las dos bajo el edredón verde.

Llueve y está fresco, ¿qué otra cosa mejor hay para hacer?

La gata duerme en la cama del perro, y el perro está acurrucado sobre los almohadones del rinconcito de Layla en el living, donde están sus juguetes y libros.

David se fue a trabajar. Antes pasearon con Layla, bajo el paraguas.

Mi hija tuvo una mañana de esas cada vez más raras, en las que no le importa estar pegoteada a mamá.

Generalmente se mueve como un pececito, rápida y constantemente.

Layla y Laura

Después de desayunar volvimos a la cama, nos abrazamos, nos hicimos cosquillas, leímos El Principito, y escuchamos a los árboles mecerse con el viento.

Finalmente, se durmió en la teta.

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