
Foto: Atardecer desde nuestra calle, el cielo gris y la franja de luz
Veo a Layla dormirse en la teta, mientras le canto una canción inventada. La escucho cantar también, con su voz de pájaro en primavera.
En la plaza, veo a un padre que pone a su bebé en la hamaca. Saca el celular y pasa media hora hablando de negocios, mientras empuja a su hijo desde atrás. Los números son grandes: dos millones, cuatro millones.
Veo que el bebé no sonríe ni una vez, ni tampoco reclama la atención de su papá.
Veo a un nene que está por comenzar un berrinche porque quiere la pala de otro nene. Y veo a su mamá, una mujer de Asia, sacarse una hojota y (¡no se asusten!) decirle a su hijo: “Mirá, las hojotas tienen usos múltiples, ¡son zapatos y son palas!”. Sonrisas.
Veo a una mamá que amamanta a su bebé de dos meses. Me acerco porque imagino que no es de Estados Unidos. Acá nadie expodría sus pechos como lo hace ella. Le digo que ya he amamantado a Layla por trece meses. Me dice que es de México, y que su hijo se llama Antonio.
-¿Vas a seguir por dos años?-, me pregunta.
-Sí, ¡por lo menos!
(Estoy feliz de que alguien en esta plaza sepa que una lactancia ideal debe durar por lo menos dos años)


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