Así estamos. Ni aquí ni allá. La mudanza tiene su propio tiempo, que no empieza con el día ni termina con la noche. Estamos yéndonos pero todavía no empezamos a andar, a hacer el camino. No podemos empezar a enviar cosas porque las necesitamos hasta fines de junio (fecha para la mudanza), pero tampoco esta casa se siente como nuestro hogar “anymore”. Seattle empieza a desvanecerse. Ahora somos nosotros tres en nuestra nube de mudanza. Y el perro y la gata (que pronto será enviada a Argentina). Camino por la calle, voy al parque, tomo el bus, pero tengo la sensación de que siempre estoy en un decorado de Hollywood, todo me suena irreal.
Quiero que llegue el tiempo de irse. De decirle a Seattle “Au voir! See ya’!” Pero no quiero hacer lo que hay que hacer en el medio. Quiero no tener cosas, o al menos no sentirme apegada a ellas, para poder dejarlas atrás sin más. Algún día lo lograré.
Escena 1: David cierra la puerta de la casa con una sonrisa bonachona. Escena 2: Estamos todos en el auto y yo me acuerdo de que dejamos la pelota de Layla en el jardín. Voy a buscarla, y le doy un último vistazo a la casa. Close up de mi cara al sol. Escena 3: estamos en el aeropuerto, aburridos haciendo la fila para el chek in, cuando de pronto llega un grupo de tamboristas orientales (bien representativo de Seattle), y…….con los primeros “pum pum” todos en el aeropuerto empezamos a bailar la danza “tap” del final de la película Zatoichi. Yeah!
De paso les pregunto: ¿Cuál es su final de película favorito?
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